Viejo de la bolsa
El juez González mira al anciano en silla de ruedas que tiene delante. Piensa en las vueltas de la vida: en agosto se paralizó el proceso y se levantó el embargo sobre los bienes de ese hombre; una pista surgida en Hong Kong le ha permitido sentarlo ahí otra vez. Está satisfecho. Lo tiene en sus manos. Avizora el fin.
González: ¿Así que usted no tiene bienes en el exterior, eh?
Pinochet: No, señoría. Lo mío, todito acá. Una casita, unos departamentitos, unos campitos…
González: ¿Y lo que ganó con el narcotráfico?
Pinochet: ¿Drogas? No, señoría, sólo unas pastillitas para mis nanitas. Mire cómo estoy…
González: ¿Tampoco reconoce haber hecho dinero con la venta ilegal de armas?
Pinochet: ¿Ilegal? No, señoría, las mías están bien registraditas. Además, yo a las armas las uso, no las vendo…
González: ¿Me está tomando el pelo?
Pinochet: ¡Diosito y la patria me libren, señoría! Debe tener compasión de este ancianito achacoso…
González: Déjese de joder. ¿Y sus cuentas en el exterior?
Pinochet: Alguna tarjetita de crédito, algún bonito por ahí…
González: ¡Le hablo de sus cuentas secretas!
Pinochet: ¡Me ofende, señoría! Secretito, nada. Soy un demócrata que ha salvado a la patria…
González: ¡No hable huevadas! ¿Y el depósito de 9.000 kilos de oro en Hong Kong?
Pinochet: Si nunca fui a… ¡¿De cuánto…!?
González: Ya me oyó: 9.000 kilos de oro…
Pinochet se levanta como si tuviera un resorte, gira y anadea resoplando hacia la salida. Su mujer lo corre: -Papito, te va a reventar la venita. Hagamos bien las cuentitas…
Pero él sigue, rojo de rabia, a punto de explotar, mascullando: -¿Cómo 9.000? ¡Si colocamos el doble! ¿Qué huevón…? ¡Ah…! ¡Contreritas! ¡Hijo de puta, me cagó otra vez! ¡Si lo agarro le clavo una bayoneta en el culo!
González, perplejo, alcanza a gritar a los carabineros que lo detengan. Enseguida, casi se arrepiente. Y se oye hablando solo: -¿No sería mejor que este viejo de mierda hiciera un infarto masivo de una vez por todas?
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