La embestida que no cesa

Después del ruido (en realidad, apenas un murmullo) de sables propiciado por elementos desestabilizadores –situación rápidamente resuelta por la firmeza del Presidente–, los políticos conservadores persisten en su enfrentamiento con el gobierno mientras el gran empresariado muestra su verdadero rostro.

 

La oposición profundiza el enfrentamiento

La oposición se ha dedicado con fruición a llevar adelante la práctica –ya a esta altura abusiva– de su compulsión interpelativa.

Todos los secretarios de Estado han debido comparecer ante alguna de las cámaras legislativas para rendir cuentas de su gestión; algunos de ellos, en más de una oportunidad. Se trata de una táctica que no apunta sino a armar un pequeño escándalo con el propósito, quizás, de desgastar a los ministros y de molestar al gobierno; no más que eso ya que los miembros del gabinete cuentan con el apoyo monolítico de la bancada de legisladores del partido de gobierno, por lo que todo intento de censura está condenado de antemano al fracaso. Por tanto, las interpelaciones se han limitado a montar un escenario, a producir un show político, a poner en escena la pirotecnia verbal con la intención de que los medios complacientes se hagan eco del montaje y, si es posible, lo maximicen.

Esto fue lo que ocurrió el lunes pasado cuando la Cámara de Diputados llevó adelante la tan anunciada y postergada enésima interpelación al doctor José Díaz. En una postura recurrente, como si se les hubieran agotado los recursos y las iniciativas, demostrando una orfandad de ideas y una falta de creatividad que ya no debería asombrarnos, los viejos partidos tradicionales hoy en el llano la emprendieron, una vez más, contra el ministro del Interior. Este último episodio tuvo que ver –otra vez– con la seguridad en Maldonado y con la gestión de su jefa de Policía, Graciela López. Monotemáticos y recurrentes, blancos y colorados limitan su gimnasia opositora a lanzar anatemas contra esa funcionaria, en la que personalizan todas las calamidades del departamento.

Ahora bien, si la interpelación se hubiera centrado en errores funcionales o en una estrategia de seguridad que la oposición considera errada, el hecho no merecería mayores comentarios. Pero como muy verosímilmente el interpelante advirtió que por ese camino no se generaría el escandalete necesario a su fin, los cuestionamientos opositores se adentraron en la intimidad de la jerarca y abordaron su vida privada. Así las cosas, yo me pregunto: ¿era necesario convocar al ministro a la Cámara para informarlo de ciertas situaciones aparentemente irregulares? ¿No bastaba con concertar un encuentro con el ministro –o con el subsecretario o con cualquier otro funcionario de jerarquía– para plantear la situación de la Jefatura de Maldonado e informarlo de esas hipotéticas irregularidades? ¿No habría sido ése el camino más adecuado para fomentar el diálogo que tanto reclama la oposición?

 

La derecha sube la apuesta

La concurrencia de ciertos hechos y su coincidencia en el tiempo han habilitado la presunción de estar ante una suerte de conspiración contra el gobierno.

Nunca fui paranoico, caviloso ni alarmista (particularidad que me ha valido ser tildado de ingenuo, indiferente o incauto), pero hay ciertas casualidades sospechosas. No adhiero a la teoría conspirativa, es decir a la idea de que los exabruptos televisivos de Bordaberry hijo, la reunión «de camaradería» entre el jefe del Ejército y dos políticos colorados y el paro de la patronal de camioneros sean obra de la premeditación y obedezcan a un plan preestablecido para derribar al gobierno; por más que la movilización de los dueños de flotas de camiones me haya recordado los antecedentes del golpe contra Allende, creo que sería disparatado concluir que estamos ante un peligro de quiebre institucional.

No obstante, hay que reconocer que, objetivamente, cada uno de esos episodios –y sobre todo si los tomamos en conjunto dada la quasi simultaneidad– tuvo por efecto (más allá de si hubo o no una intención coordinada) subir la apuesta opositora –y cuando digo opositora me refiero a la derecha política y al corporativismo empresarial– y jaquear al gobierno; y si no se trató de jaquearlo, sí puede hablarse de escaramuzas tendientes a ponerlo a prueba para ver cómo reaccionaba y hasta dónde podía llegar su capacidad de respuesta.

Si algo positivo tuvieron esos desafíos, es que sirvieron para afianzar el liderazgo del Presidente y para que los grupos frentistas y los sectores populares cerraran filas contra la intentona desestabilizadora.

Algunos analistas se lamentan por lo que consideran una «polarización» resultante del conflicto, y señalan que así como la medida dispuesta por la gremial del transporte fue exagerada, la respuesta de la central sindical, con su «contraparo», fue desmedida y no ayuda a fomentar un clima de concordia. Creo que el PIT-CNT hizo lo que debía hacer una central sindical consciente de quién es su adversario; creo que ayudó a fortalecer la posición de un gobierno que intenta cambiar las cosas a favor de los más infelices.

A pesar de la predicción de Fukuyama, la historia sigue su curso; contra el escepticismo de Sabina que proclama el fin de la ideología, las clases sociales siguen existiendo y sus intereses antagónicos siguen abonando la lucha que Marx nos reveló. La globalización no eliminó las contradicciones del capitalismo: la izquierda y la derecha siguen teniendo plena vigencia. La prueba está en que, no bien aparece un gobierno dispuesto a corregir las injusticias, saltan como movidos por un resorte los que se niegan a sacrificar parte de sus ganancias en beneficio de los postergados. «Â¡No nos toquen el bolsillo!», parecen clamar al borde del colapso. Ante el menor atisbo de que el gobierno pretende encaminar el sistema impositivo hacia la justicia distributiva, lanzan la alerta, se abroquelan en defensa de sus privilegios amenazados y lloran amargamente.

Qué quiere que le diga, amigo lector, me conmueve tanta solidaridad.

(*) Periodista

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