Leche rehén
El conflicto que ha embretado a trabajadores y empresas lácteas es una de las cosas más estúpidas que han ocurrido en este país, al menos desde los tiempos de aquel Tortorelli que quería hacer todas las calles en bajada, techar Montevideo y, ¡mire usted!, colocar en las esquinas canillas de las que saliera leche.
Un país no crece si no aprende a admitir y a corregir, a como dé lugar, sus propias imbecilidades.
Tirar leche mientras hay decenas de miles de niños que la necesitan es, además de una gorda, consistente, pesada estupidez, un crimen de lesa humanidad. Una vez concluido este absurdo, ¿quiénes quedarán libres de polvo y paja?
No serán exculpados los trabajadores, inmersos como nunca antes en una intransigencia digna del más sarcástico y demoledor cuplé carnavalero.
No serán exculpados los empresarios, siempre mirando de arriba pero empequeñecidos por la tozudez y una cortedad de criterio que estremece.
Y ni siquiera lo será el gobierno, que en un caso fue capaz de aplicar la ley y el sentido común a un tiempo y radicalmente, porque se imponía, y en otro caso ha esperado demasiado tiempo a que caiga desde el cielo la improbable racionalidad ajena.
Lo único sensato fue dicho por el presidente del INDA, el sacerdote Uberfil Monzón, tal vez porque nunca ha sido, en sentido clásico, un político. Yo no creo en Dios –al menos por ahora–, pero sé que quien tiene fe misionera y piensa mucho en los pobres como la razón de cada uno de sus días es, más allá de la intrínseca imperfección humana, un hombre bueno. Dijo Monzón: «En un país como este, con necesidades de alimentación, es espantoso que se hayan tirado miles de litros de leche. Es un escándalo».
Ciertamente, es un escándalo. (A la hora que escribo esto sólo deseo que haya dejado de serlo).
Será asemejado algún día al escándalo imaginario que hubiese causado una resucitada Cleopatra, exigiendo, enfurecida, que le cambien la leche de la tina en que se baña porque se ha puesto un poco fría. *
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