El calor de las tilapias

La tilapia es un pez de origen nilótico que tiene «facultades» mágicas: siendo vegetariano como las vacas, transforma cada quilo y medio de alimento en un quilo de carne.

Hasta ahora no se ha descubierto mayor poder «de conversión». Supera al novillo, al pollo, al cerdo, al conejo, a la codorniz…

Decir lo dicho implica obtener de ocho mil a diez mil quilos de carne por hectárea En seis meses.

Tiene antecedentes bíblicos o, mejor dicho, evangélicos: se trata del pez aludido en el milagro de la multiplicación de los panes y los peces.

Porque muy pronto los seres humanos descubrieron esta maravilla proveniente del Nilo como Moisés. Hasta hoy: cuando el hambre lisa y llana, y en especial la ausencia de proteínas disponibles, mata sin piedad en vastos confines.

Las Naciones Unidas a través de la FAO ha colocado este pez en el centro de uno de sus más grandes proyectos. El Plan Hambre Cero de Brasil hizo lo mismo.

Este bichito es un gran combatiente de esa guerra en verdad santa.

La captura mundial de peces (que por eso son «pescados») ha llegado a su techo. Hoy mismo casi el 50% de los pescados consumidos son «de criadero» y la tendencia va en alza debido a la facilidad que ofrece, a las necesidades señaladas, y a las razones médico-sanitarias sabidas.

La tilapia es un pez muy conocido en los países superpoblados: hace mucho que la cultivan.

Es de la «familia» de la criolla «castañeta»; se parece a la piraña (pero vegetariana); es un pez «plano» (como las palometas); si se asusta cambia de color y expone de pronto unas franjas que lo asemejan a un temible tigre de agua. Su otra defensa es una poderosa espina dorsal que le impide a los peces carnívoros más grandes que ella, comérsela (se atragantan hasta la muerte y «lo saben»).

Es además, un pez ambivalente y hasta podríamos decir democrático: sirve para los pobres y para los ricos. Lo que es muy importante para los pobres. Veamos.

Su tamaño para la venta ronda los 600 gramos (para arriba): en ese caso su carne es exquisita pero necesita seis meses de «engorde» (engorda para los costados lo que quiere decir que no «crece» en tamaño sino que mejora sus «lomos»).

En este caso es carísima y tiene un mercado inagotable a la fecha. Basta ver lo que piden en los grandes supermercados por cien gramos importados (de China!!!) de «ese» filete.

Pero en tres meses, ya está «pronta» y, por razones obvias, resulta más barata. En la estrategia de lucha contra el hambre y la pobreza, la tilapia sirve a los pobres para obtener proteínas en poco tiempo y a bajo costo y, paralelamente, para reservar unas cuántas, engordarlas tres meses más y venderlas a muy buen precio. Repetimos: su demanda mundial hoy es prácticamente infinita.

Pero tiene otra gran ventaja: se cría en el campo (de ser posible en suelos barrosos) con muy poca extensión y profundidad de agua; es «rústico» (soporta feas condiciones y no contrae enfermedades); y convive en sus primeras «edades» en franca simbiosis con los cerdos (otro animal de los pobres).

Resulta que tanto la orina como las heces del cerdo, generan en esas «lagunas» un bio y un fitoplancton ideales para la alimentación de los «pichones» que además, gracias a ese alimento, ganan peso a gran velocidad y «degradan» ecológicamente dichos «efluentes». Luego hay que darle «ración» vegetal: la que un chacarero pequeño puede tener a mano. Esta vez en simbiosis con la agricultura de poco espacio (sin desmedro de serlo también en los grandes espacios).

En verdad es un pez evangélico.

Tiene un defecto: no soporta el frío.

 

Los pioneros

Una de las pocas Plantas Pesqueras que en el Uruguay sobreviven es Industrial Serrana sita en Solís de Mataojo (Lavalleja), propiedad del capitán de Navío (Retirado) Edinson Errecart.

A todo riesgo, y pérdida, como cualquier pionero, montó a la vera de su planta industrial, un laboratorio y tres «piletas» para la cría experimental de tilapias más otras «piletas» en Aguas Blancas (cercano Paraíso Terrenal poco conocido salvo por los salesianos…). Contrató a varios científicos (veterinarios, biólogos, ingenieros agrónomos, es decir: esas profesiones «descartadas» por el país de los abogados y escribanos) con los que salieron a recorrer el mundo y muy especialmente Brasil en busca de datos y experiencias en marcha.

El gran problema, «motor» de la inquietud, era: en Uruguay, a pesar de todo lo que se pesca, falta pescado.

Y falta concretamente para abastecer clientes en nada menos que veintisiete países del planeta (clientes efectivos sólo de esa fábrica que siguen demandando el excelente producto uruguayo).

La planta industrial tiene capacidad para ello pero falta «el recurso» (los pescados) y cada día faltará más.

Quiere comprar, tiene los clientes, la capacidad industrial de procesarlo, los técnicos, pero falta la materia prima.

Son miles de horas de trabajo de obreros industriales y de pescadores, que se pierden.

Los uruguayos debemos saber que tenemos más demanda exterior de pescado que la oferta disponible (trabajando a full la industria existente). No hay excusa posible.

 

El despilfarro

Este pasado invierno fue crucial para el experimento científico de marras: se dejaron tilapias al «aire libre» en Aguas Blancas y otro «rebaño» en una lagunita de Solís de Mataojo bajo la protección de un invernáculo (como las flores).

De las de Aguas Blancas, sobrevivió, a la intemperie, un número inesperado y estimulante. De la segunda, la del invernáculo, sobrevivieron, y gordas, todas.

La Dinara (Ministerio de Ganadería Agricultura y Pesca) ha estado al lado del emocionante emprendimiento.

Dos cosas quedan meridianamente claras: algunos uruguayos forman parte de la vanguardia mundial en este tema: el profesor Raúl Ronzoni por ejemplo, en Malasia, haciendo genética de la tilapia para nada menos que el World Fish Center de la FAO y, en especial, averiguando una «raza» que pueda soportar nuestro invierno. Otro, el profesor Lauro Vargas en la Universidad Estadual de Maringá en Brasil país donde no sólo se está criando y mejorando genéticamente este bicho sino también la tararira, la corvina, el surubi, el dorado, los bagres y toda clase de peces.

Profetas desterrados. Despilfarro de materia gris nacional colosal.

Los alevines para la nueva «zafra» del criadero de Solís de Mataojo vienen por avión desde Brasil enviados por la generosidad brasileña y la sabiduría uruguaya exiliada.

Cada alevín vale diecisiete centavos de dólar (sic), tiene el tamaño de una larva y llega en bolsas de plástico con agua.

Cada hembra pone de cincuenta a doscientos huevos en un nido que hace en el barro. El macho irriga con semen el nido y, luego de fecundados, la hembra incuba los huevos en su boca.

Pero para todo ese proceso, y también para que puedan vivir todos los días del año (y sacar dos cosechas anuales de las grandes o cuatro de las chicas), sería ideal tener agua tibia.

La Dinara, el capitán de Navío retirado pero en actividad, y los científicos asesores (entre ellos vi un insólito veterinario que no se dedica a las mascotas…Lo pinché con un palo al doctor Marcel Rodríguez para comprobar que no era un espejismo), obviamente pensaron en las regaladas aguas termales del norte.

Hasta hoy solamente usadas, y luego desperdiciadas, para bañarnos… ¡Faltaba más!

Uruguay tiene, si así lo quiere, un formidable futuro industrial en el norte de las aguas calientes para la incubación de todo tipo de huevos, la producción de alevines incluso para exportar (a diecisiete centavos de dólar por barba), y la cría de innumerables animales que requieran ciertas temperatu
ras…

Pero para ello, entre otras cosas, debemos terminar con la soledad de los pioneros. Las Intendencias Municipales tienen mucho para impulsar y aprovechar. En especial las del sur, las de más chacras chicas, las de más tajamares.

Incluso la de Montevideo, en su espacio rural. *

(*) Senador Nacional

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje