Libertad, Igualdad, Fraternidad

Fue hace unos doscientos años que estalló en Europa un grito de guerra social de enorme repercusión histórica: el desde entonces famoso Libertad, Igualdad, Fraternidad.

En medio de la batahola que fue la Revolución Francesa todavía se recuerdan esas tres palabras mucho más que la guillotina, la ley de los sospechosos y los guillotinados, que también formaron parte inevitable de los gritos de esa época.

A pesar del éxito mundial de la revolución francesa, puede decirse que todavía estamos tratando de resolver esos tres conceptos, vertidos por primera vez en forma espontánea e intuitiva por el «vulgo» francés.

Pero, ¿qué tenemos de saldo, hoy? Cuatro o cinco revoluciones más tarde, varias conflagraciones mundiales, un manojo de guerras civiles y ¿qué queda en el debe y el haber de aquel grito? Ahí está el verdadero meollo del asunto.

No hay duda de que esos conceptos fueron un progreso importante para el mundo. Los nuevos enfoques de ciudadano (en lugar de súbdito) y de república (en lugar de monarquía) arrancaron con esos tres gritos.

El problema fue que nos quedamos sólo en la primera fase del plan: la libertad.

O sea, la libertad de votar a quien quiero, vivir como quiero, pensar lo que quiero y hoy más que nunca de «comprar lo que quiero». A tal punto que, en las grandes democracias europeas y norteamericanas ya no somos mas ciudadanos. Somos clientes.

Lo que pasa es que el viejo concepto de «ciudadano» es peligroso. Anarco-progresista, como quien dice. Puede tomar un matiz político. Puede tornarse revolucionario. El concepto de «cliente», en cambio, es un término puramente comercial, objetivo. Hasta podría decirse que inocuo. Depende de la cuenta bancaria de cada uno para ejercer su mejor uso. Nuestro accionar está determinado entonces por el trabajo. Siempre fue así.

Es lógico pensar que, bajo cierta lupa civilizada, una «revolución permanente» estilo maoísta es contraproducente para el correcto accionar de una sociedad moderna. Pero deberíamos haber pensado en algo mejor que esto: la idea de que «cliente» puede suplantar a «ciudadano». Esta idea sólo le sirve a la economía globalizada y a los modistos como Giancarlo Ferre e Ives St Laurent. Al individuo sólo le proporciona un trabajo, algunos derechos de compra-venta y voto cada cuatro años. De guillotina tiene muy poco.

Hasta aquí, todo bien. Parecería entonces ser un problema puramente semántico. No hay más remedio que aceptar el progreso como viene.

Pero nos quedamos en la chiquita. Aceptamos libertad sólo para comprar de todo y hacer colas no porque faltase algo indispensable como pan sino porque estamos desesperados por adquirir el ultimo grito de la moda: un iPod, un coche 4×4, un celular o la revista Hola!

Pero ahora falta poner en práctica los otros dos conceptos: igualdad y fraternidad. Estos son mucho más difíciles de aplicar y es por esto que, llevados 217 años desde la revolución francesa, no se han aplicado o se aplicaron mal.

Conocidos son los intentos del siglo XX por definir la igualdad en varios países. Los más famosos fueron la revolución rusa y la china. Pero hubo otras menores que también arrojaron magros resultados y siempre a un alto costo del primer concepto, el de la libertad. Parece entonces que la igualdad es incompatible con la libertad. Los revolucionarios franceses se habían equivocado, después de todo. El axioma era impracticable.

Pero hay algo que a los pensadores de 1789 y siglos siguientes se les había escapado. La idea de que el segundo concepto sólo puede entrar a operar una vez que el tercero está en pleno funcionamiento.

Los tres conceptos estaban pensados para auto alimentarse, además de trabajar en forma simultánea. Frente a la contradicción aparente de los dos primeros y al éxito rotundo y ejemplar de muchas aplicaciones de la libertad económica, el original grito de guerra francés parecía caer en desuso.

La fraternidad languideció en la bandeja de entrada de genios sociales como Robespierre, Danton y Marx y se archivó con otros como Adam Smith y Margaret Thatcher. Porque en la mesa seguía el concepto de igualdad, sin solución.

Pero hay algo que nadie había pensado, y que es la aplicación del tercer concepto, el de fraternidad, en forma independiente. Este había sido dejado de lado porque los pensadores estaban abocados a la tarea de resolver los dos primeros, antes que el tercero. Porque parecía lógico hacerlo así.

Pero ahí fue donde estuvo el error. Simplemente, las condiciones no estaba dadas para su definición. Porque es el tercer término el que resuelve los dos primeros. La belleza de la solución es casi matemática. La ecuación queda demostrada en el momento que los tres se cumplen al mismo tiempo.

Fraternidad es un sinónimo de hermandad y por asociación, de humanidad. El concepto es vasto. Se trata de la raza humana. La idea no había prosperado porque la información todavía no se había globalizado.

Reenfoquemos el problema otra vez, a ver exactamente como aparece la solución. Busquemos un ejemplo sencillo, porque no queda mucho tiempo.

Según los últimos estudios científicos, el calentamiento global, producto de nuestro descuido del medio ambiente, está llegando a nosotros en forma acelerada. La única solución para revertir este proceso antinatural seria accionar un programa de defensa ambiental global.

El problema es que cualquier intento burdo de solución coarta la libertad de actuar de algunos individuos y sus sociedades, particularmente de las más ricas: Europa, Japón y Estados Unidos. Son ellos los principales consumidores de energía fósil, principal causante del «efecto invernadero».

Pero si el mundo sigue en su actual despilfarro, es posible pensar que en 100 o 200 años la solución no va a estar en nuestras manos, sino que va a ser impuesta. Impuesta por la natura. Como una especie de tsunami climático global.

En resumen, significa que en algún futuro no muy lejano nuestras sociedades tienen que cambiar. Habría que empezar a cuidar del medio ambiente y la forma en que lo explotamos.

Volvemos entonces al primer concepto que nos ocupaba en esta nota, el concepto de libertad. Su límite no estaba determinado por la igualdad, como pensábamos, sino por la fraternidad: el tercero y más olvidado de los tres. ¡Eureka!

La libertad está muy bien pero tiene un límite: la supervivencia de nuestro planeta. ¿Será que estamos malentendiendo la idea de libertad plena?

Si nuestra sociedad de consumo tiene entonces algún límite, éste debe ser impuesto por la propia supervivencia humana sobre el planeta. La solución está en el hombre y su fraternidad. Siempre que no caiga antes un asteroide gigante, por supuesto. *

 

(*) Corresponsal en Londres

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