Hacerla más fácil
La puerta apenas se entreabre, luego de un estremecedor chirrido de bisagras. La cadena está ahí, como otra barrera. Hacia adentro apenas se ve uno de los ojos del dueño de casa. Es un ojo alerta, en cuya pupila va naciendo una puteada preventiva que en cualquier momento será silabeada entre dientes.
-Buenos días, señor…
-Sí, ¿qué desea?
El joven encuestador del Ministerio de Salud Pública, vestido pulcramente, birome en mano y carpeta en ristre, controla sus efluvios, apela a un tono conciliador, didáctico y lo intenta:
-Vengo por la Encuesta Nacional de Factores de Riesgo…
-¿…riesgo, riesgo para quién? Mirá, tengo un bufoso acá, no te hagás el loco conmigo…
-No, no, señor. No me entendió. Me refiero a la encuesta que está realizando el Ministerio de Salud Pública…
-¿…vos, médico? Pinta no tenés… ¡Y mirá que ya metieron en cana al otro trucho!
-No, señor, soy un simple encuestador. Tengo un cuestionario con noventa y tres preguntas para hacerle…
-¡¿Cuántas…?!
-Noventa y tres, y debo comprobar su estatura, cuánto pesa y medirle la cintura…
-¡Ãsta me vas a medir! ¡Y tomátelas, que le chiflo a los milicos y te hago calabocear…!
La puerta se cierra estrepitosamente. Algo de polvo se desprende de la estructura de madera y se deposita, con escasa delicadeza, en el rostro del joven encuestador. Este duda unos instantes, levanta la mano para tocar otra vez el timbre y al final desiste. Sólo hay una vida.
Anécdotas similares se han repetido por todas partes. Se culpa a la desconfianza de la gente, que ya no abre la puerta ni a la madre. La cuestión es otra: como tantas veces, no hubo información previa suficiente ni adecuada (ojo: soy profesional en eso y sé lo que digo).
¿No hubiese sido más realista hacer una encuesta de este tipo, que incluye la coordinación de un análisis de sangre, en las propias instalaciones de Salud Pública y de las mutualistas?
Al menos habrían disminuido las peripecias ahora acumuladas y que la han puesto al borde del fracaso. *
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