PROHIBIDO PARA NOSTALGICOS

Cafés de pingos

El Sport de la calle Andes era un hervidero. Señores de sombreros de gacho y trajes cruzados al lado de otros de mameluco y muchos canillitas y lustrabotas. Todos unidos por la pasión a los pingos. Ahí adentro las clases sociales se desdibujan. Un pelado con «la Biblia burrera» debajo de un brazo comparte datos con aquel famoso sastre de a la vuelta que le hacía los trajes a Herrera. Ese era el ambiente al lado del Teatro Artigas que lucía un cartel enorme anunciando la presentación de Tita Merello. Y luego de una agitada reunión de timba burrera, «los aficionados» se desparramaban en dos o tres cafés de la zona céntrica. Eran bastiones cafeteros y de copas con tradición entre los carreristas. Tenían fama de tener una clientela apasionada por el deporte de los reyes, el turf. Todos estos bares estaban en la zona, a poca distancia del Sport. Por la calle Colonia, entre Florida y Andes, estaba el Café Derwy. Servían un cafecito brasileño que le disputaba un primer lugar del sabor al tradicional del Sorocabana. Las paredes del Derwy lucían fotos de pingos famosos.

En un lugar de privilegio colgaba la imagen de Lunático, el caballo de Gardel que corría «el Pulpo» Leguizamo. Esa foto tenía una borroneada firma que los entendidos afirmaban era del Mago. En la misma cuadra del Sport surgió otro café de carreristas.

Se llamaba Los Veteranos y sus parroquianos daba alta cátedra sobre Maroñas y Palermo. En sus mesas siempre estaba el popular Fermín, un turfman de gastado y brilloso traje azul. Contaban que habían ganado mucho dinero en su vida pero así como le entraba la guita al toque se la patinaba en las patas de otros pingos. Este personaje era muy respetado por los habitués de Los Veteranos y cuando alguno de ellos quedaba «pato» siempre recurría a Fermín que te tiraba algún datito o te habilitaba con unos pesos que hacían más llevadera la peladera. Por la misma calle Andes, entre Uruguay y Mercedes había un enorme establecimiento que se llamó Café Boston.

Además de reunir a una clientela burrera que salía del Sport también tuvo fama de ser el preferido por los grandes jugadores de «la generala». Se decía que los timberos de los dados tenían dos reductos céntricos, uno el típico Antequera de la plaza y el otro el Boston. Los mozos de este gran bar levantaban apuestas para un famoso capitalista del juego clandestino del Centro.

Según la leyenda, este acaudalado señor terminó sus días dándose un tiro en su apartamento del Palacio Salvo al haber quebrado después de una fenomenal victoria de «un tapado» en Maroñas. En Las Cuartetas algún aficionado también recalaba pero en escasa cantidad. Es que toda la majuga con sus datos bien posta estaba en el Derwy, Los Veteranos y el Boston. En época más reciente, por los años 80, se sumó a esa tradición de boliches de carreristas el recordado Yo-Yo.

Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE. *

Coordinación: ANGEL LUIS GRENE

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