Prohibido para nostalgicos

Los viejos oficios (11)

¿Hay mejor patrimonio que la memoria? Montevideo continúa palpitando al compás de los recuerdos. Como en una pícara milonga las postales siguen apareciendo en los versos de este viejo escribidor. Seguimos con los trabajos y oficios en las primeras décadas del siglo XX. Arrastrando un enorme aparatejo compuesto de una parrilla que se desplazaba sobre 6 rueditas, llegaba el colchonero. Tiempos de estopas, lanas naturales y hasta rellenos de plumas que al aflojarse había que recurrir a ese popular personaje para volver a dormir cómodo. Haciendo sonar una especie de armónica, el afilador se anunciaba en el barrio. Venía en una bicicleta que tenía una gran rueda delantera que servía para darle movimiento a los rodillos que le sacaban filo a los cuchillos de los vecinos. Había gente que al escucharlo llegar a la cuadra hacía con sus dedos «un cuernito» pues la tradición hablaba del sonido de los afiladores como sinónimo de mala suerte o la temida «yetta». Con sus pequeñas «locomotoras» los maniceros pululaban en las invernales tardes de antaño. Quizás el último de su estirpe fue el tano que paraba en la Estación Goes de tranvías y hasta le vendía maníes a Juan Carlos Patrón cuando salía del Café Vaccaro. Rodeado de niños, el barquillero se había detenido un rato en la Plazoleta de Los Olímpicos de Malvín. Por cada tres barquillos que comprabas se tenía derecho a probar fortuna con la flechita de la tapa de su tacho y te podías ganar uno gratis. A puro pregón: ¡Sánda calá y colorá! llegaba el frutero con su gran carro tirado por un par de caballos. El barrio se regocijaba con sus grandes manzanas, ricos melones y dulzonas sandías. Dale que te dale a la manivela para que nacieran las melodías, así era el organillero que se paraba frente a los conventillos de la calle Sierra. Traía la cotorrita de la suerte que con su patita sacaba la cédula o papelito de la buena fortuna. Los lustrabotas del antiguo Centro tenían su base en Las Cuartetas y El Antequera de la Plaza Independencia. Dejaban brillantes los zapatos de charol y las botitas de taco militar de los galanes de 18. Sabían todos los chismes sobre las estrellas que venían a actuar en el Teatro Urquiza de Andes y entre lustrada y cepillada te enterabas de todo el run-run del ambiente artístico. Rodeado de canillitas en la Plaza Zabala ahí estaba Hugo del Carril frente a un fotógrafo de cámara de cajón. ¿En qué tranvía no subía un típico vendedor de los candes suizos? Las antiguas lavanderas habían comenzado en el barrio de Los Pocitos pero luego con el auge del lujoso Hotel sobre la rambla y la creciente construcción de mansiones fueron perdiendo los pozos naturales donde lavaban la ropa. Al final, se alejaron y con sus grandes atados sobre la cabeza llegaron hasta las aguas del Miguelete. En las puertas del Parque Central y sus novedosas carreras de galgos nunca faltaban las pasteleras con sus canastos llenos de esas delicias de chorreante membrillo. En cada barrio sonaba el martillito del zapatero remendón. Oficios y trabajos de antaño que reviven en la memoria popular que es nuestro más hermoso patrimonio. Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE.

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