Tené cuidado
Vivo y lucho, profesa un amigo. Esa mirada surge de su dificultad para definir qué es normal en una sociedad cada vez más irresponsable y mentirosa: «Si no te fijás bien, la quedás».
El caso del joven que se hizo pasar por médico le da razón. Ese flaquito cara de zonzo, de tan insignificante porte y normal apariencia, resultó ser un tipo extrañamente astuto, histriónico y audaz. Peor aún: sería un eslabón de una cadena que, a juzgar por lo revelado y lo que se sigue investigando, compondrían también varias enfermeras, algún profesional y hasta funcionarios del Palacio Legislativo. ¿Mil sapos bajo una simple piedra?
¡Si habrá que desconfiar a diario!
Hay un extendido hábito de burlar las responsabilidades primero, las obligaciones y las normas después, hasta llegar, en el mismo impulso violatorio, a las mismísimas leyes. A quienes observamos, enseguida nos cae otra pena: los burladores, aunque vayan en cana, despiertan una discreta admiración, un cierto espíritu emulador.
Si en vez de zafar nos dedicásemos a cumplir, como ha postulado Marcos Aguinis, la sociedad sería mejor. Claro, ¡estamos lejos de tamaño consenso moral!
Por eso, mientras una nueva educación llega para reconstruir los valores que se han difumado, a la gente común no le queda otra, como postula mi amigo, que la desconfianza. No es bueno, ya que separa en vez de unir; la distancia para el acercamiento, el diálogo y la solidaridad se va haciendo tan grande que puede llegar el día en que nadie la salte.
Tomar conciencia y trabajar: no hay otro camino y es largo. Además, aunque haya empeorado, esta patología es vieja como la necesidad de desconfiar. Hace medio siglo, al explorador Petitot lo salvó la sospecha ajena. Había conocido a Kran-da, un indio al que calificó de dulce y tímido y aceptó cenar en su tienda. Pero un ayudante de Petitot olió algo feo, averiguó y le advirtió a tiempo: Kran-da se había comido a dos esposas y a un cuñado.
Y el explorador pudo contar la historia. *
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