Una decisión prudente y acertada del Presidente

El jueves pasado, tras reunirse con sus ministros, el Presidente de la República estableció el tipo y los límites de la negociación que encarará nuestro país con los EEUU. Ultimamente los medios de comunicación le han dado amplia cobertura a la posibilidad de que Uruguay negocie con EEUU algún tipo de acuerdo comercial, sea TLC, APC u otra sigla. Por momentos, llegó a parecer que no había otro tema en la agenda política nacional, y el asunto se presentaba como de resolución inmediata. Con el argumento del «fast track» se postuló la necesidad de una decisión urgente sin mayor análisis sobre los impactos de tal decisión. Para sus entusiastas defensores, un Tratado de Libre Comercio con los EEUU configuraría la forma de inserción comercial ideal para el país, por lo cual se debe avanzar raudamente hacia él, aún cuando esto implique el retiro del Mercosur. En esa visión, el acuerdo regional ha fracasado y no tiene posibilidades de superar sus problemas.

 

La integración regional con problemas

Hemos defendido desde siempre la integración regional como estratégica en el campo de la inserción internacional, y mucho más en un mundo en el que es preciso construir la multipolaridad (en sustitución de la unipolaridad). El Mercosur significó una esperanza de recreación del sueño artiguista, además de la posibilidad de generar una plataforma regional con capacidad de negociar en mejores condiciones con otros actores del escenario mundial -el llamado multilateralismo se apoya precisamente en eso, en los muchos polos que negocian entre ellos, como conjunto, y sin excluir el bilateralismo de los bloques-, y permitirle a Uruguay acceder a un mercado mucho mayor que el propio. Pero un proceso de integración es un proceso complejo con marchas y contramarchas, en particular cuando conjunta economías de muy distinta escala; y está expuesto a conflictos entre los socios, resultado de los distintos puntos de partida, de los intereses internos de cada uno o de elementos culturales diferentes. Uruguay además negoció sin margen alguno su integración, sin posibilidad de establecer salvaguardas para sus sectores sensibles porque arriesgaba perder las ventajas del Cauce y el PEC que había usufructuado en sus intercambios comerciales con Argentina y Brasil. Por eso el Frente Amplio dio un «apoyo crítico». Algunos de los problemas que vinieron pueden considerarse coyunturales, producto del renacer de nacionalismos estrechos como respuesta a décadas de neoliberalismo. Pero otros son producto de las asimetrías y de los perfiles de miembros que son a la vez clientes y competidores, las que no han permitido el desarrollo de elementos fundamentales como la coordinación de políticas macroeconómicas, la complementación productiva y la negociación conjunta con el resto del mundo.

Sin pretender minimizar estas dificultades, es preciso recordar que la integración regional es mucho más que el intercambio comercial. Nuestro sector turístico atiende principalmente visitantes de la región; hay una integración energética de la que aún dependemos en forma importante, otra en infraestructura para desarrollar con base en la hidrovía, en nuestros puertos y en la interconexión vial Atlántico-Pacífico, una integración en lo social, cultural, lo educativo y científico-tecnológico con grandes potencialidades.

Aun cuando pensemos que en el Mercosur la intensidad del comercio intrazona que se dio en la década del 90 se debió más a la coyuntura cambiaria que al acuerdo de Asunción, manejar con ligereza la posibilidad de abandonarlo resulta aventurero.

 

El mundo no termina en la región

Los países no cambian su ubicación geográfica y la región, nos guste o no, es nuestra casa.

Trabajar para tener más y mejor Mercosur, para que supere sus asimetrías, ampliándolo, profundizándolo en algunas áreas y flexibilizándolo en otras, no equivale a verlo como opción exclusiva. Cuanto mayor sea la diversidad de sus vínculos comerciales, menos dependiente es cualquier país, y esto implica que Uruguay debe seguir una política internacional de inserción diversificada, despojada de prejuicios, consignas e ingenuidades, dirigida al mundo entero, en conjunto con los países de la región o en solitario pero buscando la compatibilidad de su acción.

Si las asimetrías o la debilidad relativa de los chicos complican la vida dentro del Mercosur, también debemos estar preparados para no ser presa fácil de los grandes espacios económicos, sean países o bloques. Sentarse a negociar con los EEUU, China, Rusia, India o la Unión Europea no es cosa fácil, y no se puede hacer con la presión de plazos exiguos.

La estrategia de negociación de acuerdos comerciales con diversos países es además de inteligente, necesaria; Uruguay debe moverse dentro y fuera del bloque regional, debe desarrollar una política que a la vez fortalezca la diversificación de sus lazos comerciales y preserve el espacio regional. Sin ideologismos.

El tiempo de comprar espejitos pasó, tanto dentro como fuera de la región.

 

El formato de los TLC y la opción tomada

Los TLC que ha firmado EEUU tienen comercio libre limitado y bastante más que comercio. Son acuerdos de comercio administrado, con numerosas salvaguardas y exclusiones. Como por mandato legal EEUU excluye de ellos la mayor parte de los beneficios extraordinarios que otorga a productos agrícolas, y como tiene ventajas indudables en buena parte del universo de bienes industriales y servicios, el formato de los TLC utilizado para otros países latinoamericanos tiene complicaciones serias para Uruguay.

Y tienen mucho más que comercio porque además de normas relativas al intercambio de bienes, capítulos enteros atienden y condicionan otros segmentos muy importantes. En tal sentido, destacamos todo lo referido a la política de compras públicas y a la competencia de las empresas públicas, las normas relativas a la propiedad intelectual y al sector de los servicios transfronterizos (el comercio electrónico de bienes culturales y de otra naturaleza), donde se establecen condiciones que nos resultan extremadamente, altamente, inconvenientes, particularmente si se aceptan sin una evaluación precisa de las consecuencias que pueden llegar a tener en cuanto a la estrategia de desarrollo del país. Es preciso no encandilarnos con la «autopista del comercio» para algunos productos. Los eventuales acuerdos comerciales que suscriba el país deben analizarse en profundidad, evaluando costos y beneficios, en el corto y largo plazo. Acuerdos de esta naturaleza deben ser mutuamente favorables. Por eso respaldamos la promoción de un acuerdo comercial con Estados Unidos, pero no cualquier acuerdo.

La opción anunciada por el Presidente de la República resulta la mejor: la promoción de un acuerdo comercial del tipo TIFA (Trade and Investment Frameword Agreement) que refiera a los productos que ambas partes establezcan, o sea que negocie listados y condiciones por la positiva, introduce mayor flexibilidad en los tiempos, mejor posibilidad de compatibilidad con los acuerdos regionales del Mercosur, no cierra las puertas a otras alternativas que vayan surgiendo en el futuro, y levanta el nivel actual de la negociación a un nivel muy jerarquizado, permite analizar la evolución de otros escenarios paralelos como las negociaciones en la OMC, y evaluar los resultados de los procesos electorales del continente. Se trata de una opción prudente y sensata, en cuanto a contenidos y tiempos, a la que el gobierno de Uruguay llegó en forma soberana y como producto de su propio análisis, y también de la sensibilidad y preocupación que manifestaron distintos sectores de actividad económica, tecnológica o cultural del Urugu
ay, y no por otras consideraciones partidarias, nacionales o regionales como sostienen los que prefieren bastardear el debate a aportar ideas para encontrar salidas a este pequeño y hermoso país. *

* Senador

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