La pluralidad de la mirada, las fronteras entre la verdad y aquello que se oculta
Rodada con un insignificante presupuesto de cien mil dólares, en apenas seis días, con una pequeña cámara digital, en un solo decorado (la habitación de un motel de Michigan), y con tres personajes emblemáticos (Ethan Hawke, Robert Sean Leonard y Uma Thurman), Tape traslada una obra de Stephen Belbe, libretada por el escritor.
Otras particularidades del filme: el tiempo de la trama es exactamente el mismo de la película (84 minutos), su apariencia es la de un «psicodrama», el verdadero centro dramático no está expuesto al comienzo sino que invade de a poco la atención del espectador. La trama entonces queda como pretexto. El reencuentro, diez años más tarde, de tres compañeros de la secundaria, queda como un hilo argumental. Vince (Hawke) es ahora un bombero desesperado y afecto a todo tipo de excesos, que se gana la vida vendiendo droga; Jon (Leonard) es un presuntuoso director de películas intelectuales, que llega a la ciudad para participar de un festival de cine, mientras que Amy (Thurman) es una abogada que trabaja en la fiscalía local. Todo arranca como un encuentro casual, casi banal, entre viejos amigos, pero con el correr del filme se van develando de forma progresiva los peores recuerdos, las miserias más profundas, las experiencias íntimas más sórdidas, las manipulaciones más perversas, los resentimientos más oscuros.
Estas revelaciones, cuyos detalles tensan la atención del espectador, se producen a lo largo de la compacta duración del filme.
Todo tiene que ver con la pluralidad de la mirada, el modo en cómo un mismo acontecimiento puede ser contado o entendido desde diversos puntos de vista. La estructura y hasta el tema, que se revela de a poco, ha inducido a la crítica a pensar en David Mamet, otro dramaturgo que trabaja sobre las fronteras de la verdad y el ocultamiento, la ilusión que llamamos vida. Sólidamente actuada, inteligentemente dialogada, la película es un ejercicio de indagación en el comportamiento humano, y saca de él algunas conclusiones desoladoras. Lo hace con inteligencia y precisión, lo que ayuda a entender por qué Linklater sigue siendo uno de los realizadores norteamericanos más interesantes y personales.
No es el menor de sus méritos su uso suelto y espontáneo del video digital en lugar de la clásica cámara 35 mm, que acentúa un aire de intimidad e inmediatez, algo que falta en el mero cine industrial.
Tape fue premio especial Laterna Magica en el Festival de Venecia. *
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