La crisis moral, familiar y de valores según la Iglesia
Supuse que la crisis moral y de valores que enfrenta la sociedad, así como las asechanzas a los principios básicos de la familia que tanto alarman a la Iglesia, tenían que ver con los efectos del modelo económico aplicado con fervor por los gobiernos anteriores y combatido –con bastante menos fervor– por el actual. (Bueno, en realidad, esta última afirmación habría que dejarla en suspenso; tal vez sería mejor decir que el gobierno actual mantiene el modelo, tratando, eso sí, de maquillarlo convenientemente; mejor, dejo al lector la posibilidad de optar y de tachar lo que no corresponda).
Cierro paréntesis y prosigo. Decía que calculé que la inquietud de las Iglesias y congregaciones religiosas aludía a la exclusión, la desocupación, la deserción escolar, los estragos que causa el consumo de pasta base, el individualismo esencialmente antisolidario, el «tanto tienes, tanto vales», el afán desmedido de lucro, los cánones estéticos que conducen a las jóvenes a la anorexia, la cosificación de la mujer, el éxito de los programas televisivos basura, el entronizamiento de la frivolidad que cae cada vez con mayor frecuencia en franca tilinguería, en fin, todas esas cosas que nos revelan un serio e indecente trastocamiento de los valores.
Sin embargo, a medida que fui leyendo el informe que publicó El País el miércoles 6 en su página 7, advertí el craso error en que había caído. En efecto, la alarma de los religiosos se debe a que, según su percepción, «se están vulnerando principios básicos» y alertan sobre los perjuicios que ocasionaría la aprobación de ciertas iniciativas legislativas. Según da cuenta el matutino, «objetan una serie de propuestas de tipo social presentadas por legisladores del Frente Amplio», ya que tales proyectos de ley a estudio del Parlamento contravienen los principios básicos de la familia.
El que abrió el fuego fue monseñor Cotugno al advertir del peligro que entraña el «firme proceso de destrucción y tergiversación de los principios y valores básicos de la familia». Según El País, «Cotugno aseguró que una serie de iniciativas que promueven legisladores oficialistas consolidan ‘situaciones patológicas o de anormalidad’, que son una ‘amenaza’ para la ‘integración familiar'».
A esta altura, apuesto que hasta el lector menos avezado ya habrá adivinado cuál es la madre del borrego. Sí, mi amigo, acertó: despenalización del aborto y legalización de la unión concubinaria entre homosexuales. Sin dudas, dos iniciativas especialmente apropiadas para desatar los demonios y la ira divina, y acreedoras de las anatemas más violentas. Pero las propuestas de notorio efecto disolvente sobre la sociedad y la familia, propuestas atentatorias de los valores y la moral, no se agotan en esos dos asuntos particularmente emblemáticos. Los legisladores analizan, también, un proyecto de ley que fija plazo legal a la fidelidad, otro sobre reproducción asistida y otro más sobre eutanasia. Casi nada, ¿no? Como para no irritarse… Y si a todo eso agregamos la inclusión de la educación sexual en los programas de enseñanza y la promoción del uso de anticonceptivos para evitar la transmisión de enfermedades y los embarazos no deseados, tenemos un panorama que ni te cuento. ¡Vade retro!
La legalización de la unión concubinaria –tanto entre homosexuales como entre heterosexuales– también levantó las iras del Instituto Jurídico Cristiano. Siempre según el informe de El País, una integrante del grupo «aseguró que la iniciativa ‘demuestra un desconocimiento del concepto’ de familia que se establece en la Constitución. Además, criticó que se intente ‘un acompasamiento de la norma a la realidad social'». Sostiene que con ese criterio, «mañana podemos llegar al reconocimiento de situaciones aberrantes, amparando legislativamente, por ejemplo, el incesto, la pedofilia, etc.».
De donde se deduce que para esta buena señora los homosexuales deben compartir la misma bolsa hedionda que ocupan la pedofilia y otras aberraciones como el incesto o –por qué no– la zoofilia.
Otra militante del mismo grupo afirma que «no es conveniente la crianza de niños por parejas homosexuales» porque «los niños tienden a repetir las conductas que se desarrollan en el seno del hogar»; con lo que «la repetición de las conductas homosexuales llevaría a la disminución de los nacimientos». (Todo sic). Y yo me atrevo a concluir que esa tendencia repetitiva de las conductas de los mayores no fue seguida por los pederastas y las lesbianas criados en hogares heterosexuales, ¿verdad?
Aunque resulte obvio, me apresuro a reconocer la actitud valiente de las Iglesias cuando denuncian los verdaderos males del capitalismo salvaje al tiempo que dedican esfuerzos plausibles a mitigar el sufrimiento de los más infelices a la espera de que el gobierno –de una buena vez– se decida a hacerlos los más privilegiados. Pero francamente, no entiendo esos virajes que se emprenden cada tanto hacia posturas preconciliares; y menos entiendo la homofobia militante que practican.
Pero, en fin, así son las cosas.
Y uno que creía que los grandes problemas del país pasaban por la deuda, los intereses de la deuda, el país productivo, la reforma tributaria, la enseñanza de la historia reciente, la firma de un TLC con EEUU, la controversia con Argentina por las plantas de celulosa, y un largo etcétera…
Nada de eso, caro lector, los problemas del país se resuelven mediante el sencillo expediente de fortalecer los valores y la familia, y frenar los perniciosos proyectos de ley elaborados por satánicos legisladores de una izquierda concupiscente y pecadora.
(*) Periodista
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