Gorila’s Inc.
El gorila es un mono antropomorfo, de color en general pardo oscuro, membrudo y muy fiero.
¿Por qué en Uruguay hay tanta gente, la inmensa mayoría, que asimila a muchos militares a esa imagen?
Puede haber razones ideológicas, incluso políticas. Yo prefiero atribuirlo a cierta conducta castrense que, por ejemplo, fue expresada en circunstancias recientes frente a uno de sus clubes sociales: carecen de urbanidad y cortesía, emiten sonidos guturales y son agresivos.
Un hombre gentil, ante la inquietud periodística, respondería: «No, señor cronista, no me interrogue usted ni me filme. Respetuosamente le comunico que mi decisión es el silencio. Sepa usted respetarla».
Muchos militares acrecentándose la patología si son retirados y antaño perpetraron grandes macanas- lo hacen así: «Hijo de puta, te voy a matar. Salí de acá, tomatelá, pelotudo. Metete la grabadora en el culo». A tanta desconsideración verbal hay que agregar puñetazos, empujones, patadas y gestos amenazantes. Peor aún: la explosiva mezcla llega resoplando espíritu corporativo.
Por tanto, al menos estos militares se comunican de modo tan parecido a sus ancestros prehomínidos que la asimilación a un gorila se aleja de la exageración ode la irrespetuosidad, que siempre son una tentación, para ingresar entre las definiciones más plausibles que se puede obtener empíricamente de la realidad cotidiana.
Uno supone, por otra parte, que un cambio de ese talante no se ha de dar de un día para otro. Mientras tanto, ¿cuál debe ser el comportamiento del resto de la sociedad y, sobre todo, de los sufridos periodistas autóctonos?
Sugiero, para conservar el garbo pero también dar una pequeña lección, apelar a esas palabras que hoy no quieren decir nada -mañana quién sabe- a las que Alfonso Reyes bautizó «jitanjáforas».
Y, al cruzarse con ellos, decirles, caballerosamente: «Fucunimbú mamicordión, pipotín. ¿Bichauquera? ¡Peñute!».
Quizás cause un efecto positivo, terapéutico. Total, si de otra forma igual no entienden… *
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