Ah, el consumo
El Ministerio de Economía ha iniciado una imprescindible campaña para defender los derechos de los consumidores. Está en etapa inicial y es necesario que se la entienda así, ya que el asunto exige más camino por recorrer.
Parte de ese camino tiene que ver con la capacidad de diferenciar a los consumidores, porque no todo consumo implica lo mismo. De lo contrario, se caerá en la actitud de aquel huésped del cuento de Aniano, tantas veces recordado por Wimpi, que, viendo al dueño de casa soplarse las manos para calentarlas y soplar la sopa para enfriarla, no entendió la diferencia y dijo: «No quiero trato con gente tan imbécil que tanto le sopla a lo frío como a lo caliente».
Adela Cortina, reconocida especialista, ha sintetizado los derechos esenciales de los consumidores a ser preservados por los Estados: uno, el derecho a la seguridad, vinculado a la calidad de lo que se consume; dos, el derecho a la información, como protección frente a la publicidad y otras prácticas fraudulentas; tres, el derecho a elegir, para garantizar el acceso a todos los productos y a precios competitivos; y cuatro, el derecho a ser escuchado, que implica respeto y consideración de las autoridades competentes.
Como ya dije, hay mucho por delante.
Por lo tanto, al comienzo propuesto por el Ministerio de Economía informar lo más ampliamente posible a los consumidores acerca de bienes y servicios, abriendo puertas para resolver dudas, reproches o denuncias- deben seguir tareas que surgen de la síntesis de Cortina, hoy aceptada en el mundo entero.
Recién al cabo, se podrá evitar terribles cosas que están pasando a los consumidores. Incluso aquellas que algunos sortean con un exquisito sentido del humor. Como fue el caso del poeta mexicano Rojas Paz ya lo he contado pero es bueno- quien, estando en un restorán argentino y viendo pasar un plato dudoso aunque seductor, preguntó qué era. «Osobuco con arroz», le contestaron. Y él dijo: «Bueno, tráigalo, pero con otro nombre».
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