Interpelaciones
A riesgo de que me tilden de recurrente, lo soy, lo admito- citaré a Wimpi: «Antes el tipo escribía con una pluma de ganso y era fácil que le saliera ‘La Divina Comedia’. Hoy escribe a máquina y es muy difícil que no le salga una gansada».
En el pasado hubo interpelaciones extraordinarias en el parlamento. Más allá de sus resultados políticos, muchas veces el interpelante lograba crédito entre los ciudadanos aunque no alcanzase los votos que pedía. Se premiaba el rigor de su preparación tanto como su ingenioso y ameno desarrollo argumental. Sin remontarnos demasiado atrás, bastaría, para probarlo, recordar a Wilson Ferreira Aldunate.
Hoy, las interpelaciones son al ciudadano común, aun admitiendo que representan un indispensable ejercicio democrático, lo que el fútbol ha pasado a ser para el aficionado también común: un aburrimiento.
Eso es lo peor: no se trata de los argumentos, ni siquiera de tener razón; se trata de cómo se presentan los hechos y de cómo se dicen las cosas.
Aunque algunos todavía no lo hayan advertido, vivimos el mundo de la comunicación, del escenario, de la exposición pública. De la imagen que proyectemos, más cuando la tarea sea presentarnos con frecuencia frente a los demás y hablar, dependerá gran parte de nuestro futuro. Los políticos son rehenes de esta perversa modernidad.
Lo ilustraré con una anécdota vieja. El pintor Degas charla con el poeta Mallarmé y le dice: «Qué terrible, quiero escribir poesía y no puedo; tengo excelentes ideas pero cuando van al papel queda algo horrible, que debo destruir». Y Mallarmé responde: «Mi querido Degas, la poesía no se hace con ideas sino con palabras».
También aportaré una metáfora. El limpia, personaje de «La colmena», dice: «Los señores son los señores. Ahora anda todo un poco revuelto, pero al que es señor desde la cuna se le nota enseguida».
Está claro que la poesía no es lo de ciertos interpelantes de hoy y que la cuna de tales no la revela ni una tomografía computada. *
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