En secreto
Alguien, que no recuerdo, sentenció una vez: «…la historia de Occidente está repleta de oscuros capítulos: la antropologización fue ejercida por blancos para la mayoría de los habitantes (…) a los cuales les fue rehusado un estatuto humano y que, con lógica basada en la violencia, llaman todavía minorías raciales y culturales».
Aunque la cita suene excesiva aplicada a lo que diré, he allí la causa primordial de la situación en que aún se debaten, en una sociedad supuestamente moderna y civilizada, las hoy llamadas empleadas domésticas, antes simples sirvientas.
Cuando amanecía su esperanza de hallar respeto y dignidad, sustentada en la posibilidad novedosa de sindicalizarse otorgada por el gobierno, las circunstancias les están jugando en contra. Ahora se sabe que, domingo a domingo, en un patio de comidas, virtualmente a hurtadillas, se reúnen para hablar de una situación antigua que persiste: malos tratos, racismo, poca alimentación y sueldos miserables. ¿Por qué semejante clandestinidad? Es el miedo a la represalia de la patrona, quien, detrás del biombo, sigue ostentando el poder.
¿Temor gratuito? ¡Si no hay escenario institucional que las cobije! Aún no ha aparecido quien represente a las señoras del rigor; todos los intentos por integrar el Consejo de Salarios, el último fue con la Confederación Empresarial, han fracasado. Al cabo, el Ministerio de Trabajo laudó en tres mil pesos el salario mínimo de las domésticas. Y hasta eso fue un error, seguramente inducido por la buena intención, porque el sueldo promedio ronda los cuatro mil pesos.
Me permito dos sugerencias: una al Poder Ejecutivo, para que proteja con realismo a estas mujeres; otra a ellas mismas, para que se movilicen y ventilen la verdad de lo que ocurre.
Deben convencerse de que pasó el tiempo de mascullar, a escondidas, a solas, como la sirvienta gallega maltratada:
-A esta tía bruja le vendría de primera que la abrieran en canal un buen día. ¡Usurera! ¡Que te comes el pan de los pobres! *
Compartí tu opinión con toda la comunidad