Una semana con los monjes budistas
Y sin embargo en ningún momento ha habido fracturas de pensamiento. Apenas una apertura a la diversidad cultural sobre la base de que lo único permanente son los cambios, y la constatación que nuestros valores universales «occidentales y cristianos» son de aplicación universal únicamente en el lado occidental y cristiano del mundo.
Cuando se vive en una aldea como es mi caso no se puede evitar tener un republicano respeto por el rey.
Este año ce celebra en todo el reino el 60 aniversario de la subida al trono del rey Bomibol de Tailandia. El rey, más allá de creencias míticas, se ha dedicado al desarrollo de las economías locales, ha recorrido el país hasta los últimos rincones. Pocos son entre los 60 millones de tailandeses los que pueden decir que jamás lo han visto o jamás ha estado en su aldea. Las aldeas volvieron a los cultivos de sus propios alimentos, en paralelo con los cultivos comerciales en gran escala, hilan sus propias telas, documentan las prácticas de medicina ancestrales para que pasen de una generación a otra.
Hay una estructura social sólida, estimulada por el rey, que pone a la enorme mayoría de la población a cubierto de los vaivenes de los mercados. Aquí, en el norte de Tailandia, encontramos mucha pobreza en el sentido occidental del término, gente que no tiene suficiente para comprar las cosas básicas que marcan un determinado standard de «normalidad». Pero no encontramos cantegriles, suciedad, ni hambre, ni pérdida del respeto. Pobreza no es abandono ni marginalización. La gente es capaz de producir los bienes básicos de consumo, cuando no puede comprarlos.
Ser monje es aquí como el servicio civil, todos lo hacen tres meses después de terminar la universidad, o antes de casarse, o por dos días cuando muere un familiar próximo, o por varios días en caso de eventos importantes.
El budismo es un componente más del marco cultural, aunque no tiene la historia de violencia, torturas y asesinatos de otras religiones por imponerse culturalmente, de ahí quizás su éxito y su mimetización social. El sistema monástico, si bien es iniciático, es abierto. Podríamos decir que prácticamente toda la sociedad tailandesa ha sido «iniciada».
Como es iniciática la Iglesia Católica, donde para estar dentro se debe ser bautizado, hacer la primera comunión, y luego la confirmación, todas ceremonias que «inician» (y luego confirman) al sujeto en la comunidad.
A diferencia de otras religiones, el budismo no amenaza con castigos celestiales, no hace marketing por ningún dios en particular y convive con todos los dioses y religiones. La base es la enseñanza de las experiencias del Buda (maestro), pero en la tapa del libro Buda sostiene «no aceptes ninguno de mis principios si no puedes comprenderlos desde tu propio punto de vista».
El budismo es una religión sin dios y sin dogmas, aquí yo he encontrado gente simplemente budista (99% de la población) pero también budistas ateos, cristianos y hasta musulmanes. Cada uno lee e interpreta sin que ningún iluminado le diga lo que tiene que creer o pensar. Republicano respeto por el rey, respeto laico por el budismo. En este contexto fui invitado a ir a Bangkok para participar de la King’s parade con los monjes. Para ello debía ser monje budista, claro está. Por haber sido ya iniciados alguna vez mis amigos tailandeses no debieron repetir la totalidad de la ceremonia de iniciación ni pasar los siete días rituales en el templo. No era mi caso. Me corté el pelo bien corto para evitar daños mayores y me presenté a la monja (budista) que debía «prepararme» y darme las instrucciones, una especie de «hoja de ruta» para prevenir gruesas metidas de pata. No la impresionó nada mi sufrido corte del día anterior y ahí nomás me afeitó la cabeza como un coco y… ¡sí, las cejas también! Fue la primera sorpresa, nada de corte simbólico, hay que entrar como un bebé. De nada sirvió explicar que yo fui un bebé peludo. Así pelado y vestido de blanco entré al templo.
La ceremonia
Después de los discursos iniciales los ancianos y no tan ancianos nos atan una cuerda en la muñeca para expresar sus buenos deseos y solidaridad. Terminé lleno de cuerdas, pero fue muy emocionante. Después nos entregan las túnicas que nos ponen allí mismo atrás de una pared infranqueable de monjes que nos protegen de miradas indiscretas. Nada de calzoncillos así que hay que aprender bien a atarse la túnica naranja según los usos y costumbre, para no hacer papelones. Los simbolismos son evidentes, muerte o abandono de la vida anterior y nacimiento o inicio de un nuevo camino. Los «recién nacidos» no saben vestirse. Y vuelta a sentarse sobre los tobillos, que al final están pidiendo tregua. Me tomo un respiro para mirar el templo, lleno de dorados, imágenes del sol y la luna, pinturas con etapas de la vida de Buda. Un gran Buda al fondo de la nave. Columnas decoradas. Velas. Entre las secuencias de la vida de Buda (que vivió hace 2.500 años), la serpiente y la fruta me recuerdan que no hay razones para reinventar la rueda. De allí pasamos al templo chico, donde sólo van los monjes. Todo el mundo quedó en el templo grande porque aunque todo se hace a puertas abiertas, hay un «monje de guardia» que espanta a los curiosos. Siempre en el templo chico el maestro o venerable maestro (así se llama desde hace 2.500 años, no le den muchas vueltas) está acompañado a derecha e izquierda de un secretario y un maestro de ceremonias. Este último me va soplando qué hacer para no romper la magia del momento. Siempre de rodillas, sentado sobre los tobillos, entro en una serie de preguntas y respuestas en pali (sánscrito) que terminan con un juramento. Me hicieron salir y pararme entre las columnas de la entrada. El guardián y el maestro de ceremonias me re-invitan a entrar pero me «filtran», repreguntándome nuevamente. Me dejaron entrar, seguramente porque contesté muy bien lo que me soplaron (siempre en pali). El maestro me dio un diploma junto a mi nuevo nombre : Siripunyo.
Y de vuelta al gran templo donde ya como monje me dan un bol donde la gente pone velas, incienso, repelente para los mosquitos y todo lo que hace falta para una vida purificada (o sacrificada) antes de ver al rey. Todo el mundo se va, y yo voy a arreglar mis cosas en el espacio asignado que se reduce a una estera para dormir. Ese mismo día, después de un primer acercamiento a la concentración y la meditación (2 horas sobre los talones) ya somos monjes completos y por haber «trabajado» hay que marcar nuestras túnicas (nuevitas) como usadas. Se las marca en lugares precisos con tres puntos, como los vértices de un triángulo equilátero. Fin de la jornada y a dormir. El primer día «normal» empieza a las 5 de la mañana con una hora de meditación y concentración. Después salimos por el pueblo (bajamos 350 escalones) con nuestro bol, descalzos, y recorremos la aldea y los arrozales. La gente nos pone fruta o arroz. Nosotros sonreímos beatíficamente y salmodiamos nuestros buenos deseos en pali. Es de destacar que aquí el agradecimiento viene del lado de la población hacia nosotros (los monjes), por darles la «oportunidad» de ofrecer algo. Regresamos (¡subimos 350 escalones!) ponemos todo en común y entre 7 y 8 de la mañana desayunamos. Cuando me invitaron a la Royal Parade me dijeron que el pasaje por el monasterio era más que nada simbólico y cultural, pero hete aquí que me encontré convertido en monje jedi de verdad, meditando, cantando cancioncitas en pali y diciéndole a la gente «que la fuerza los acompañe». Así pase toda una semana antes de ir a Bangkok. *
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