Al pan, pan; y al vino, vino
Parecería que nos hubiera atacado un prurito enfermizo que nos hace rechazar, casi como si se tratara de una fobia, los términos comunes y corrientes, las voces y expresiones cotidianas cuya semántica unívoca nos permite comunicarnos con claridad y con sencillez.
Los eufemismos han existido siempre y en todas las lenguas, generalmente como recurso expresivo o, las más de las veces, como alternativa más pulcra o aséptica para nombrar ciertas cosas o acciones que la mentalidad media reputa como sucias, pecaminosas, groseras o de mal gusto. Es así que el verbo cagar –perfectamente correcto y admitido por la Real Academia– ha cedido terreno frente a expresiones y circunloquios que tratan de no evocar directamente el hecho aludido. Daría la impresión que defecar, ir de cuerpo o mover el vientre (expresión esta última que más que la acción de aliviar las tripas sugiere exóticas odaliscas en una danza oriental) eliminaran automáticamente los efluvios pestilentes propios de la evacuación intestinal; como si al expresarse con estos términos, desapareciera por arte de magia el olor a mierda.
Pero hay otros casos en que el recurso al eufemismo no se debe a cuestiones escatológicas. Es lo que ocurre con el sustantivo negro referido a individuos pertenecientes a esa raza originaria de Africa. Nos rehusamos a llamarlos negros y preferimos decir morenos (que es más maizado) o personas de color (aunque sin especificar cuál).
Los viejos se han convertido en adultos mayores o en personas de la tercera edad, giro este último que ha remplazado los muy concisos y para nada peyorativos vejez y senectud.
Del mismo modo, parece más elegante hablar del encargado de Recursos Humanos y no del jefe de Personal. Las putas y sus innumerables sinónimos cultos (prostitutas, meretrices, rameras, hetairas) han dejado de ser tales y son ahora trabajadoras sexuales. La indigencia y los indigentes desplazaron a la miseria y los miserables, quienes ya no viven en cantegriles (chabolas, poblaciones callampa, favelas, villas miseria) sino en asentamientos irregulares.
La gente pretendidamente culta y los comunicadores prefieren referirse a los ciegos llamándolos no videntes o discapacitados visuales; menos mal que Homero Manzi no fue ganado por esta tilinguería, porque si no, El Ultimo Organito habría quedado así: «…el no vidente inconsolable del verso de Carriego, que fuma, fuma y fuma, sentado en el umbral».
Los borrachos son alcohólicos o, mejor aun, etilistas, y los drogadictos de otrora pasaron a ser drogadependientes.
Son términos más suaves, que más que designar sugieren. Aunque en realidad, sugieren lo que las voces clásicas ahora desechadas designan con precisión inequívoca a pesar de su eventual franqueza o malsonancia. Y para esta tarea de camuflaje se recurre a términos y expresiones light –voz inglesa que se nos coló primero con los cigarrillos pobres en nicotina y luego se extendió a los alimentos de bajo contenido calórico– que designa una insoportable levedad desprovista de sustancia.
Por eso los cruzados del neoliberalismo, en vez de hablar de los efectos devastadores del modelo, prefieren mencionar apenas los inevitables costos sociales del crecimiento.
Hay un afán por ocultar la realidad, por disfrazarla, por adornarla con ropajes aceptables. Por algo los terroristas de estado y sus aliados y cómplices civiles hablan tímidamente de excesos inevitables en toda guerra cuando quieren hacer referencia a las monstruosidades y abyecciones cometidas durante la represión contra los opositores a la dictadura. Y cuando se habla de apremios físicos, parece que la picana tuviera menos voltaje y que el tacho contuviera agua perfumada; pero en este caso concreto, el premio al eufemismo se lo lleva Bordaberry cuando bautizó las torturas como rigor en los interrogatorios.
Así son las cosas, amigo lector: lo políticamente correcto viene imponiéndose en desmedro de la franqueza, la sinceridad y la transparencia. Es cierto que muchas veces la sinceridad es enemiga de los buenos modales y de la cortesía, y que un político sincero corre el riesgo de generar situaciones enojosas, difíciles de soslayar. Es, ni más ni menos, lo que le ocurrió a Reinaldo Gargano: dijo lo que pensaba; y decir lo que uno piensa es políticamente incorrecto.
Si habrá sido políticamente incorrecto el canciller que el hecho motivó la resolución mordaza del lunes pasado: aquí no hay más que un vocero, que es el Presidente, y al que no le guste, ya sabe. Todos los políticamente correctos se apresuraron a argumentar a favor del úcase aduciendo la necesidad de dar una imagen de coherencia, sin advertir que la coherencia no se logra por decreto. Se construye humildemente mediante el diálogo, la confrontación de ideas y el respeto al programa y a las resoluciones emanadas de los órganos de la fuerza política.
Para terminar, quiero reivindicar el viejo refrán que rescata la pertinencia del lenguaje directo, ese que no se anda con vueltas: al pan, pan; al vino, vino, y a lo que se caga, mierda. *
(*) Periodista
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