Remanentes de la Guerra Fría

Desubicados

Lo que sigue, no alude a ningún partido político en especial sino a todos en general. Trata de explicar una enfermedad mental con pacientes en todos los partidos y también fuera de ellos.

Quienes más, quienes menos, la enorme mayoría de los restantes somos convalecientes… con recaídas.

Luego de las horribles experiencias planetarias de principios del siglo XX (las dos Guerras Mundiales por ejemplo), el mundo pasó de inmediato a la Guerra Fría que mostró, como asunto estratégico principal, una tajante bipolaridad.

Dicha bipolaridad jamás fue una lucha entre clases sociales sino un acérrimo enfrentamiento entre Estados. Segregó forzosamente, en ambos bandos, una misma ideología dicotómica, de blanco o de negro, daltónica porque no sólo no distinguió matices sino hasta colores, eliminó drásticamente la letra «y» e impuso a sangre y fuego la letra «o».

En el bando de los EEUU todo aquel o aquello que discrepara era automáticamente comunista siervo del Oso Rojo de Moscú al decir de Nardone y Martínez Arboleya, recitado por los canales de televisión y el diario El País desde las faldas del transeúnte embajador de los EEUU.

En el de la URSS todo aquel o aquello que discrepara era también automáticamente agente de la CIA y hasta de los nazis (tal los casos, por ejemplo, de Trotsky, Tito y Héctor Rodríguez).

Las más de las veces ni siquiera era necesario discrepar, bastaba con no adherirse o, lo que siempre era peor, andar por camino propio. Esos quedaban como jamón del medio pero en una morsa feroz, les daban garrotazos imparciales desde los dos bandos mancomunados.

Ambos fanatismos eran obviamente dueños absolutos de la verdad y para ello tuvieron a su servicio colosales universidades y academias como ciclópeo cimiento de una vasta parafernalia de mentiras.

En realidad su verdad debía ser absoluta por razones de cuartel y calibre. No cabía ningún otro atisbo de posibilidad dada la ubicación de la artillería (en especial atómica).

Hoy, gracias a la computadora personal y a los teléfonos digitales, sabemos que en todo sistema binario o se es «cero» o se es «uno» bajo pena de colapso civilizatorio.

La aparición inopinada de un «tres», por ejemplo, sería calamitoso hoy para Microsoft como ayer lo era para los dos bandos por lo que se encargaban, cada uno en su espacio, de aniquilarlo perentoriamente.

Pues bien, aquella Guerra Fría la ganó uno.

Por ende su ideología, formidablemente corroborada por la historia concreta (gran amante de la falsedad), adquirió una musculatura metálica desbordante conduciendo a sus corifeos y acólitos, de la mano, al panteón de la paranoia galopante: «Ahora  dice  todos los que no están conmigo, están contra mí» y, alegando inspiración divina, se reivindica mesías del bien en su lucha contra el mal.

La política  que ya era de hecho religión  queda consagrada y pasa al mero teatro de la liturgia.

Pero eso es natural, comprensible y hasta lógico.

El que gana, el que hegemoniza, pasa a temer todo aquello que se mueva.

Quiere un Universo inmutable. Quieto. Que ese instante, el de su victoria, sea eterno. Su ideología, ahora hermafrodita, cobra calidades de orgasmo.

El «Fin de la Historia» es parte de esa masturbada mentalidad.

Más allá del librito de marras la frase tiene reminiscencias de Hollywood, el «The End» de la película total; el muchachito y la muchachita besándose y «felices para siempre» con la bandera estrellada acariciándolos y «Anchor Away» meciéndolos.

Ahora ya no se necesitan más películas ni más cine. Ni Hollywood… En realidad ni siquiera California porque puede, si se le ocurre, seguir con el cine en cuyo caso pasaría a formar parte del Eje del Mal junto a Corea del Norte.

Pero el problema inmediato para nosotros además de Bush y su obvia ideología emergente (tergiversación más o menos elegante y racional para justificar cualquier interés o cosa), son los desorientados y por lo tanto desubicados restos del bando derrotado. Y del otro.

Tal vez debido a la crisis de Pluna o a que estamos fuera de los mayores circuitos aéreos y marítimos existe en Uruguay un alto remanente (en cifras relativas y comparativas con el Planeta) de izquierda y de derecha, que todavía no se enteró del fin de la Guerra Fría (podría incluso echársele la culpa de esto a la Universidad o a Iván Paulós).

Tal como en el caso de esos heroicos, pintorescos, ancianos y patéticos japoneses que a menudo son hallados en recónditas islas boscosas del Pacífico peleando todavía, su personal pero plena Segunda Guerra Mundial tan irredentos como irreductibles (porque no sólo no les avisaron sino que ahora enterados tampoco comparten la rendición de Hiroito), Uruguay posee (en realidad forma parte de su Patrimonio) un importante y respetabilísimo número de personas que siguen creyendo ser dueñas de la verdad absoluta porque ella «reza» en el Manual (por lo general «Resumen» de otro Manual) que siguen releyendo incansablemente hasta quemarse las pestañas.

Reitero que estas personas habitan en todos los partidos políticos del país y aún fuera de ellos.

Como aquél que polemizando alegaba: -¡Cómo van a decir que Homero nunca existió si yo tengo un busto de él en mi casa! Si lo de Bush se explica por obvio, esto es intelectualmente sublime.

Como decía Obdulio: en Uruguay hay mucho japonés.

¿Y cuál es el efecto que este fenómeno antropológico produce?

Ese remanente étnico (por culpa de Pluna) sigue cabalgando tan campante en dos equivocaciones.

La una: simplemente ignorar que la Guerra Fría terminó hace como veinte años. La otra: saberlo pero no aceptarlo.

Por ejemplo, en la campaña electoral de 1989 y para evitar que la izquierda ganara las elecciones municipales, Jorge Batlle reconstruía el Muro de Berlín en Montevideo mientras que luego Sanguinetti advertía contra el comunismo internacional en su debate por TV con Tabaré. Y así ha sido hasta las últimas jornadas electorales.

Desde los remanentes de izquierda suele pasar  y mucho en estos días   lo mismo: esa ideología laminar (una idea arriba y otra abajo), ahora totalmente desorientada, creyendo a pie juntillas sin la más mínima duda que la verdad tiene dueño, sigue sosteniendo que quien discrepa con su verdad es automática y sumariamente traidor, claudicante, cómplice, agente de la CIA, capitulador, liquidacionista…

No intercambian ideas, las propinan. Son armas arrojadizas. El debate es más bien pugilismo. Insultos, agresiones y, a lo sumo, consignas vociferadas. Gritos desesperados de una especie en extinción como los osos panda. Que ha sufrido y sufrirá mucho todavía.

Sacerdotes y monjas de un dogma comprobadamente falso tienen, a diferencia de los fundamentalistas islámicos de reciente creación, la desgracia de no creer ni en Alá, ni en Mahoma, ni en Alí que son inimputables.

Colocaron los fetiches de su adoración en asuntos y personas demasiados terrenales y tangibles.

La enseñanza es viejísima, para tener religión se necesitan dioses y, en el caso monoteísta, Dios. Pero que lo sean de verdad.

La política transcurre por carriles diferentes que por lo general son crudamente terrestres.

Los fetiches de toda laya que se usan tanto para vender desodorantes como ideas políticas sirven apenas para eso. Son pasajeros y efímeros.

Cuando no lo son, cuando ganan, cuando se imponen, cuando usurpan altares, conducen inexorablemente al fascismo. *

(*) Senador nacional

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