Pescador
Entre mate amargo y galletas de panadería, el sueño se hizo noche y la noche trajo ese madrugón habitual que sacude muy temprano el alma y el espíritu del pescador solitario. Las aguas agitadas de la bahía, sacudiendo vahos portuarios, tonalidades de colores y bajas temperaturas, acercarán desde el antiguo y sabio aforismo… «a río revuelto», la picada necesaria para dar justificativo contundente a las interminables horas junto al mar. Ausencia notoria de tibiezas de soles generosos aunque sea a destiempo, aún sin esos brillos de por medio en la superficie, que ya no apuntan a la pupila dilatada del hombre que se enfrenta a su propia estatura humana. Hace frío y llueve en la escollera Sarandí, sopla el viento matinal de agosto y desde el rincón más apartado de sus filigranas sentimentales, está el pescador sopesando el futuro, abriéndole ojos de buey a los recuerdos, o simplemente matando las horas, sin saña, pero irremisiblemente… en un ligero y agridulce transcurrir vivencial, hasta el amargo de la noche, ya en un nuevo preparativo de otra vigilia solitaria frente a las aguas… *
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