No pueden cerrar la Escuela con el criterio similar al de un comercio
Sinceramente estoy pensando en pedir que lo haga otro que goce de mejores condiciones de salud, que sea un anormal o que le hayan transplantado una piedra en lugar del corazón.
Es un trabajo insalubre. Y no lo digo por leer algunas páginas editoriales, tarea que ameritaría que me dieran algunos días más de licencia anual. Lo digo porque no es fácil mantener el buen humor mínimo imprescindible para enfrentar una jornada de trabajo a veces extensa, teniendo que leer desde la impotencia, y reprimiendo lo que a uno le va quedando de rebeldía, noticias como las que llegan a diario de Medio Oriente, de Naciones Unidas, del exilio cubano en Miami y sus festejos con sus correspondientes y elocuentes fotos entre otras.
A veces me causa risa cuando un crítico de cine dice de una película que contiene tiernas escenas o ensalza valores humanitarios, que es «un canto a la vida». Las noticias internacionales de prensa, que ojo, son reales más allá de cómo se presenten, por el contrario son un verdadero «canto a la muerte».
Hacinamiento y comodidad
Pero el resto del diario tampoco levanta mucho el ánimo, cuando uno lee páginas y páginas que para demostrar la inseguridad reinante detalla crímenes horrendos con un poco de droga entremezclada y que al sistema educativo no se le asignan las partidas necesarias porque hay que adelantar pagos de deuda externa. De las páginas deportivas ni hablar. Como por lo general están de la mitad del diario para atrás, eso sí, antes que las culturales, sirven para ir secando las lágrimas de las páginas anteriores, entre fotos de Casal, los Damiani, el Toto y las nuevas incorporaciones de Peñarol. Pero la noticia de que «cerrarían la Escuela del Estadio» porque concurren pocos niños, me terminó de liquidar. Ese misil venía directo hacia mi; hacia mi infancia y hacia mis convicciones por las cuales siempre intenté hacer lo que pude, además de confirmar que los vecinos de algunos barrios gastan más tiempo en Internet o TV cable que en hacer niños que luego justifiquen que ANEP no cierre escuelas. ¿No es que la izquierda reclamó siempre contra el hacinamiento de los niños en las aulas? ¿No estábamos de acuerdo con escuelas cómodas y en las que se pudiera ofrecer a los niños valores y herramientas para defenderse en un mundo cada vez más complejo y difícil? ¿O eso era cuando estábamos en la oposición y ahora tenemos la «responsabilidad» de ser gobierno?
Desde Jardinera hasta sexto año fui a la Escuela del Estadio, nadie la conoce como «Héctor Fígoli» o la Nº 100, y desde que salí de allí (hace 35 años) nunca me animé a volver. A lo sumo a mirar hacia dentro por los vidrios de la puerta de entrada que está bajo la Torre de la Olímpica, por supuesto antes o después de un partido «del bolso». Pero la noticia me dio fuerzas para volver a entrar y seguir corriendo en los pasillos y en el recreo con Alvaro Martínez, Milton Morán, Milton Souza, los Sosa, los tres atajaban mucho, Cristina, Graciela Landoni, las «Mónicas», Fernández y Pérez, la pelirroja Gabriela Giordano, Elida Brajés y tantas otras túnicas impecables hasta la hora en que Chula, Elena, Elba, Luisa, René o Luz nos decían que se terminó el recreo. La Escuela del Estadio no se puede cerrar con un criterio similar al de un comercio: porque van pocos clientes. No lo he hablado con él, pero estoy convencido que el maestro Oscar Gómez piensa lo mismo. *
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