La columna amarilla

A cualquier precio

«Aquí estamos hablando los dos –escribió Borges, parafraseando a Voltaire– y todo el resto es literatura». Hablaba de su madre, de sus largas charlas con ella, calmadas, cálidas, alegres. Hablaba de lo importante de la vida; mejor dicho, hablaba de la vida, si realmente ésta es, como dijo alguien, «eso que pasa alrededor nuestro mientras corremos de un lado a otro buscando no se sabe qué».

Hoy, la sociedad moderna, hija de la ansiedad y del apuro, ha creado la cultura de la competencia y ha persuadido a muchos de que la frontera que separa la felicidad de la desgracia es la misma que va del éxito al fracaso.

He ahí la verdad, para deplorarla cada día y, al siguiente, repetirla cual enfermos crónicos. Cuánta tristeza causa descubrir la dimensión que cierta patología ha tomado entre nosotros y, sobre todo, entre los jóvenes: el estrés, suerte de eufemismo que maquilla la terrible compulsión de tantos que jadean desesperados detrás de algo. Dinero, poder, belleza, juventud eterna y, claro, éxito. El escenario, a veces inadvertido, a veces disimulado, es la competencia. Para alcanzar el objetivo, aun imbuidos de los más nobles sentimientos, hay que ser mejores que otros, hay que pasar por encima de obstáculos, hay que dar más.

Esto, y no otra cosa, es lo que hizo morir a una joven modelo uruguaya. Recién nacía a la vida pero se exigió tanto que no alcanzó a disfrutarla, menos a comprenderla. Pero ella es inocente. La culpa está en una sociedad que lo divide todo entre el éxito y el fracaso. Y que nos ha convencido de que el fracaso es imperdonable.

Un Borges joven, al editar su primer libro, escribió algo que nos debería invitar a la meditación: «Si las páginas de este libro consienten algún verso feliz, perdóneme el lector la descortesía de haberlo usurpado yo, previamente. Nuestras nadas poco difieren; es trivial y fortuita la circunstancia de que seas tú el lector de estos ejercicios, y yo su redactor».

Gracias, maestro, por estar todavía. *

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