Prohibido para nostalgicos

Los tranvías

Venía de muy lejos. Llevando a cuestas sus sonidos inconfundibles, ahí está cruzando la calle Andes. Es el «54» que había arrancado por Cno. Maldonado, atravesaba 8 de Octubre y luego era dueño de 18. Ese tranvía de la Sociedad Comercial hacía mover sus engranajes y pasaba despacito frente al boliche Dewar, al lado del Cambio Messina. Los timberos que andaban por el Centro y no llegaban al Hipódromo, siempre lo tomaban para arrimarse al Sport de Andes y luego reunirse en el bar Los Veteranos a comentar las carreras.

Monarca de los empedrados del viejo Montevideo. Transporte democrático donde se confundían los laburantes, muchachos y viejos al lado de los inmigrantes.

Eso fueron los tranvías que trillaron los barrios de ayer. Hasta por los Pocitos que empezaba a tener fama de cajetilla, también llegaban con sus estruendos metálicos. Por Bvar. España pasaba el tranvía «34» que te llevaba desde la playa a la Aduana. La Estación de Rivera y Pereyra era siempre un hervidero de pasajeros bajando y subiendo el andén. En un principio había dos compañías que prestaban el servicio de tranvías. Fueron la Transatlántica de origen alemán y la Sociedad Comercial que pertenecía a los ingleses.

Esta última liquidó a sus competidores germánicos y se quedó con todas sus unidades y líneas monopolizando el servicio del transporte de pasajeros. Si andabas por la Villa de la Unión, tenías el «52 Especial» que te llevaba hasta la Curva de Maroñas. Y bien adentro del barrio Ituzaingó llegaba el «51». Si era verano y las ganas de un bañito no se podían contener, ahí estaba el «22» y el «24» que arrimaban montones de vecinos de la ciudad hasta la coqueta playa Capurro, tan de moda por los años 30. Y el servicio de tranvías siempre fue solidario con la clase trabajadora. De 6 a 8 de la mañana y de 5 a 6 de la tarde, colocaban un cartelito que decía «obrero» y te cobraban la mitad del boleto. Al lado del conductor o motorman, como le decían, había un canasto donde los pasajeros ponían sus grandes bultos o paquetes.

Al bajarte aunque estuviera bien lleno, el guarda sin ningún drama te ayudaba a bajar los paquetes y recién entonces arrancaba. Fue tradicional que por la Navidad y Año Nuevo, los pasajeros dejaban en ese canasto del motorman alguna sidra casera o un budín de la abuela para obsequiar a esos funcionarios que tan bien trataban a los usuarios. Desde la Estación Agraciada venía un tranvía común, pero al llegar a Carlos Ma. Ramírez se le agregaba un acoplado y todos lo llamaban «el tren de la Barra». Por las noches proletarias del Nuevo París, lleno de fábricas y curtiembres, avanzaba ese largo tranvía haciendo sonar un agudo silbido que se perdía entre las calles y los vecinos noctámbulos que escuchaban en la radio los «bailables Geniol».

Por la zona del Parque Urbano o Rodó llegaban los tranvías bajando por Jackson y te arrimaban hasta la siempre repleta playa Ramírez. Un tranvía lleno de vecinos se aleja lentamente aunque dicen que en las solitarias madrugadas vuelven a pasear por sus queridos barrios. Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE.

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