¡Echele los votos!
Miro a la sala. Un diputado oficialista informa al plenario de un proyecto por el cual el Poder Ejecutivo ha pedido urgente aprobación. Los votos están; el informe es claro y preciso. No obstante, un diputado de la oposición lo critica y llama a rechazarlo. De inmediato, otro diputado oficialista contesta punto por punto. ¿Ya está? No. Otro opositor insiste e introduce aspectos que nada tienen que ver con el tema.
Pregunto a un diputado oficialista por qué alimentan este debate inútil. Me dice: -Es lo que se llama cortesía parlamentaria.
Perplejo, vuelvo a mirar a la sala. En realidad, el diputado opositor antecedente le ha tocado las nalgas a un pueblo. Y, claro, otro diputado oficialista hierve al responder. Ya se advierten sutiles cambios: más agresividad, más ironía, más gritos, más deditos en ristre. Emerge entonces otro opositor y usa la redundancia al cubo como una provocación.
Persuadido de que la temperatura ha subido demasiado y las horas discurren al pedo, pregunto a otro oficialista por qué la mayoría, si dispone de los votos, pierde el tiempo así. Me dice: -Bueno, yo les digo, pero muchos se calientan y se enroscan igual.
Regreso mi atónita mirada a la sala y constato que el desatino sigue un rato más. Muere en el mismísimo límite horario de la sesión, cuando se ha tenido que salir a buscar algún voto momentáneamente desaparecido. Es que había ido al baño porque se orinaba encima.
Pienso en los oficialistas. ¿Es un juego que les atrae? ¿Creen necesario hablar –no sé para quién– a fin de hacerse notar, de marcar un territorio? ¿Es posible que ignoren que les hacen entrar por el aro?
Cuando se tiene la mayoría absoluta, y habiendo reclamado el gobierno el rápido trámite de un asunto acerca del cual hay consenso, ¿qué resta sino echar los votos por delante y dejarse de pavadas? Eso es pragmatismo político. Eso es eficiencia para manejar los asuntos nacionales.
Ya vendrá el tiempo, si hubo errores, de aguantar las consecuencias. *
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