Los bueyes deben ir siempre delante de la carreta

¿Qué país queremos?

«No renuncio a nada de lo que he dicho ni de lo que he pensado. Pero yo pienso todos los días»  (José Mujica, citado de memoria, Senado de la República, 26 de julio de 2006).

Y sí: se puede pensar todos los días. Se puede no pensar más… O pensar de vez en cuando. En las praderas del pensamiento, puede haber vacas quietas y árboles que caminan.

En ese reino de la libertad, y por lo tanto de la imaginación y los sueños, todo puede ser posible. Hasta lo pésimo (que nunca debe descartarse).

Es imposible discutir políticas a largo plazo (de Defensa, de Energía, de Política Exterior y de muchas otras cosas más), sin discutir antes, y decidir, acerca de qué país queremos.

Los bueyes deben ir siempre delante de la carreta.

Por lo general los programas y los planes de gobierno, fijándose en lo inmediato o casi inmediato, no dan respuesta a esa pregunta.

Ni tampoco deben darla.

La estrategia es harina de otro costal.

Para intentar responder a tamaña pregunta debemos decir en primer lugar que el bienestar de la población debe ser el único punto de partida y de llegada. Para el Plan debe ser la «meta». Para el Balance debe ser el «criterio» evaluatorio.

No hay ningún otro mejor que ese. Sea cual sea la ideología que nos alumbre.

Obviamente que nos estamos refiriendo a la población de Uruguay que es, por ahora, el lugar donde debemos actuar.

Quien se ocupe del bienestar de otras poblaciones tal vez piense, con toda coherencia, distinto.

Somos de los que creemos que, si las cosas se hacen bien, en este mundo (y por lo tanto en Uruguay) todos podemos vivir bien sin necesidad de perjudicar a otros o de perjudicarnos a nosotros mismos.

Y también pensamos que para querer a otros hay que empezar por quererse.

De otro modo, querer al prójimo como a uno mismo puede ser atroz para el prójimo.

En suma: tal como ya lo dijo Artigas en la alborada revolucionaria de nuestro tiempo: el fin de todo gobierno es hacer la felicidad pública.

La «tabla» de medida es clara. El sistema de control es nítido.

Intentando entonces dar respuesta a la gran pregunta debemos, en segundo lugar, pelear por algo previo: la paz.

La paz en la región y en el mundo (por supuesto en nuestro país), porque sin ella todo proyecto será imposible (o por lo menos muy condicionado). La guerra, junto con los cataclismos de la naturaleza, son excusas legítimas de fuerza mayor para explicar fracasos, pero a la vez también son imposiciones aplastantes para seguir caminos ajenos.

Sabemos que tal como vienen dadas las cosas esta es una lucha difícil pero debemos tener meridianamente claro que no hay proyecto nacional viable si se impone el Reinado Imperialista de la Guerra. En ese caso, otro mundo, donde todos seremos tristes combatientes, será el mundo en el que viviremos.

A ello debemos agregar que sin bienestar en la región (indispensablemente), y de ser posible en el mundo, nuestros sueños serán imposibles: no podemos ni imaginar que en Uruguay se viva bien sin que en Argentina, Brasil y otros países hermanos pase lo mismo. En ese tan lamentable caso, nos «invadiría», como pasa hoy en otras partes del mundo, una ola multitudinaria de inmigrantes con el plenísimo derecho humano de vivir, también, bien.

Resulta por lo tanto obvio que, en tercer lugar, como consecuencia de lo anterior debemos conquistar la mayor independencia posible.

Para todo ello, los uruguayos debemos comenzar por apoyarnos en la fuerza que tenemos y, desde el punto de vista productivo nuestra mayor fortaleza reposa hoy en el campo, en el mar, en el subsuelo de ambos, en nuestra disponibilidad de agua dulce tanto superficial como subterránea (incluso caliente).

Sin olvidar nuestros derechos en el Atlántico Sur y, especialmente, en la Antártida; subrayando además nuestro destino marítimo y portuario, la importancia de nuestros canales y de nuestras vías navegables presentes y futuras.

En todas esas áreas Uruguay tiene ventajas indiscutibles y por lo tanto enormes posibilidades.

Tiene aseguradas dos cosas que para muchos países es difícil conseguir: alimentos y agua de muy buena calidad en abundancia. Esto aparenta ser muy simple y sencillo: pero cuando falta o amenaza faltar, se transforma en asunto vital y urgente; de «seguridad nacional» según podemos leer en las estrategias de Defensa de muchísimos países (incluso más ricos que el nuestro). Muchísimos analistas afirman que la lucha por esos dos elementos dará origen a las futuras guerras (ya las hay por esa causa como las hubo en el pasado).

Lo que no puede ponerse en duda es que el mundo muestra en esos dos «rubros» una crisis que en ciertas zonas es pavorosa.

Si aceptamos esta afirmación estratégica; si la consideramos cierta de ella deben desprenderse forzosamente otras importantes conclusiones también estratégicas.

La ciencia, la investigación, la innovación y la tecnología uruguayas tienen en esos asuntos, deben tenerlo, un ancho, profundo y formidable campo de acción.

Los «servicios» y la industria también.

Para hacerlo, las decisiones deben tomarse ahora porque la enorme mayoría de esas cosas necesita años antes de llegar a cosechar frutos. No hay tiempo para perder.

Pero también para los propósitos finales reseñados al principio, los uruguayos debemos tener en cuenta nuestras debilidades.

Y la debilidad estratégica mayor reposa en los problemas energéticos donde padecemos una dependencia inadmisible.

Sin resolver este problema, no habrá proyección estratégica de bienestar posible. Todo lo dicho anteriormente será letra muerta.

Uruguay debe comenzar de inmediato a librar en ese frente una batalla decisiva.

Y como no hay mal que por bien no venga, y porque la crisis energética es mundial y regional, Uruguay puede y debe apostar sin vacilaciones (ya hemos perdido mucho tiempo) a las fuentes de energía renovables y sostenibles que respeten el medio ambiente hasta el máximo posible. Debe diversificarlas para no depender de una o de pocas. Debe tratar de lograr la máxima libertad e independencia posibles.

Pero además ofrece, paradojalmente por su tamaño tanto en dimensión geográfica como en cantidad de habitantes y demanda futura de energía, condiciones inmejorables para transformarse en un centro referente (por lo menos regional) en esta materia.

Los países con grandes dimensiones en los aspectos reseñados y por lo tanto con una enorme demanda actual y futura de energía no pueden, aunque lo quieran, ni perder tiempo ni apoyarse sustantivamente en esas fuentes: deben buscar y encontrar soluciones masivas y urgentes.

Es por ello que vemos grandes guerras, despiadadas, para saciar tal voracidad bajo pena (para esos enormes países) de entrar en colapso catastrófico.

Por lo tanto, en la debilidad también, la ciencia, la investigación, la tecnología y la innovación nacionales tienen un ancho y profundo campo de acción.

Porque además ese campo es nuevo. Hace muy poco que la humanidad ha fijado su atención en él, y lo viene haciendo acuciosamente debido a la irresponsabilidad anterior, a la escasez de hidrocarburos, a la creciente demanda y a los límites infranqueables de la biosfera.

Hay para Uruguay un «nicho» científico y tecnológico disponible, abierto de par en par.

También en este tema los servicios y la industria deben impulsar y disfrutar las consecuencias. *

(*) Senador

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