La chispa, la mecha y la pólvora
La actual situación en el Líbano es el resultado directo de la nueva política internacional de Estados Unidos y de Gran Bretaña en el Medio Oriente. El problema es que este último no tiene la suya propia: se limita a seguir la de su socio mayoritario.
«¿Dónde está la política internacional británica?», se pregunta el opinólogo inglés Stephen Glover desde las páginas del importante diario británico Daily Mail, que tiene un tiraje de más de tres millones de ejemplares.
En unas dos mil palabras el conocido comentarista vapulea y destroza los pilares sobre los cuales se erige la doctrina Bush-Blair para la volátil región. «El señor Blair se muestra como una herramienta americana. Gran Bretaña está al servicio de los asuntos internacionales de Estados Unidos», señala sin tapujos Glover, quien se encuentra ideológicamente a la centro-derecha de la línea editorial del periódico.
Los círculos políticos ingleses entienden como fundamental que, si bien el país debe permanecer aliado a Estados Unidos, es necesario que Inglaterra mantenga una distancia prudencial del coloso, cuando hay realidades históricas y geopolíticas que separan sus intereses inmediatos.
Durante la guerra de Vietnam, el primer ministro inglés Harold Wilson, no envió tropas de su país al conflicto bélico del sudeste asiático. Esta independencia sobre guerras de dudoso origen y dirección se quebró, cuarenta años más tarde, con Irak.
«No aparece como amistosa la decisión de Israel de poner en peligro a miles de ciudadanos británicos de visita en el Líbano. Israel decide su propia política exterior. Inglaterra debería hacer lo mismo», remata Glover en su artículo.
La sorpresiva voracidad del ataque israelí no pareció sorprender mucho a Bush y a Blair, quienes durante esos días estaban reunidos en San Petersburgo, Rusia, con motivo de la reunión Cumbre G8. Como es mundialmente conocido, los dos líderes discutieron con la boca llena y algunos expletivos, que pensaban hacer con los libaneses, los iraníes y los iraquíes. Como si se tratase del próximo picado dominical y ellos fuesen los DT y dueños de la pelota. Sólo faltó un «los vamos a golear».
En su editorial del domingo, el diario Sunday Times de Londres analizó ese encuentro informal en forma lapidante: «Resultó humillante ver la posición servil de nuestro primer ministro, frente al hombre que detenta todo el poder».
Para Inglaterra el problema es gravísimo. Para el mundo, las consecuencias son inestimables. La dupla atacante Blair-Bush está ligada a la suerte de su política en el Medio Oriente y no quieren terminar el partido como perdedores. Si fuese un picado de fútbol, van perdiendo 4 a 2, después de decir que iban ganando 2 a 0.
El cimbronazo del Líbano sin duda afectó la ultramonolítica relación entre Estados Unidos y Gran Bretaña. El pasado fin de semana, un enviado diplomático británico a Beirut, rompió filas por primera vez al criticar duramente el bombardeo generalizado en el Líbano. Ayer, la ministra de Relaciones Exteriores inglesa, Margaret Beckett, fustigó a Washington por haber utilizado un aeropuerto británico para transportar misiles a Tel Aviv. Pero ambas declaraciones son apenas fisuras en una estructura que se mantiene incolumne, por ahora.
El problema de tener dos líderes mundiales inextricablemente ligados al destino de un conflicto que ellos mismos empezaron, es que ahora son capaces de cualquier cosa, con tal de no perder. La incursión en el Líbano por parte de Israel es equivalente al defensa que comete un penal para evitar un gol. Para cualquier DT, los penales no son la forma de hacer política ni fútbol.
En la guerra del Golfo de 1990, una larga y complicada lista de naciones habían aceptado unir sus fuerzas para empujar a Saddam Hussein de los territorios que había adquirido por la violencia. Hoy, no existe ninguna coalición de naciones. La única que se puede divisar, es aquella compuesta por solo dos hombres: Bush y Blair.
El destino de naciones en el Medio Oriente queda resuelto entonces con una llamada telefónica o una reunión informal entre ambos. Lo que significa decir que Bush decide y Blair sigue. «El hombre de las grandes decisiones unilaterales», lo llama al presidente americano el editorialista del Washington Post, Eugene Robinson.
Con Irak en llamas, Líbano al borde del desastre humanitario, Afganistán asediada otra vez por el Taliban y Hamas como dueños de la pelota en Gaza, queda claro que tomar decisiones es la parte fácil. «Bombardeen Fallujah y dos chivitos», «Cuatro misiles para viaje en Beirut, por favor». Sólo se precisan menos de cinco minutos y dos personas para dar una orden, como en cualquier bar del mundo.
Quienes autorizaron el bombardeo indiscriminado y general del Líbano, se olvidaron del pequeño detalle de que decenas de miles de sus propios conciudadanos, con pasaporte al día, de Estados Unidos y Gran Bretaña, además de varios países de la Unión Europea, habían quedado como blancos móviles. De pronto, el bombardeo sobre gente extraña ya no tenía tanta gracia y hubo que organizar un salvataje sin precedentes. Al margen de que Líbano tiene sus propios damnificados, fue este hecho lo que evidenció una falta total de compromiso político mundial de Blair y Bush.
El problema para esos dos jerarcas es que están en juego las vidas de millones de personas con sus propias creencias, necesidades económicas y políticas. No es una sorpresa entonces que, por alguna razón o por otra, lo que piden Estados Unidos e Inglaterra no se pueda cumplir, por más bombas que caigan y metralla que se dispare. Es porque en lugar de buscar una concertación de intereses, lo único que parece ocurrir es que se destruye una ciudad más.
Y ahí puede estar el gran plan maquiavélico del dúo dinámico. Si Afganistán, Irak, Siria, Líbano, Gaza e Irán quedan destruidos como naciones, entonces santo remedio. Se acabó el problema. No sería la primera vez: fue también la táctica del gran Imperio Romano. *
(*) Corresponsal de LA REPUBLICA en Londres
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