Adorno
La señora mayor cruzó hacia mí desde la vereda de enfrente, en la calle Carmelo, a pocos metros del cruce con Chuy. Bien aspectada, con lentes, denotaba algo de cansancio en el rostro y cierto dejo de resignación en la voz, cuando me habló de manera entrecortada, mientras sacaba un objeto de su cartera.
«Le vendo este adorno, necesito el dinero del ómnibus para ir a cuidar a mi hermana al Hospital Maciel», dijo. «Necesito los 36 pesos, para ir y venir, nada más, fíjese que vale mucho más», aclaró.
«Sin duda», repliqué, «señora, usted está regalando eso, no lo venda, ¿no tiene cómo conseguir el dinero de los boletos sin desprenderse del adorno?». Poniéndose triste dijo que no había encontrado otra cosa en la casa, que pudiera vender para hacerse de ese dinero. Le ofrecí 50 pesos, los únicos con que contaba en ese momento, sin pretender llevar el objeto en cuestión.
La señora, ya con los ojos humedecidos se vio en la obligación o necesidad de aclarar, que la enfermedad de su hermana las había colocado en una difícil situación, y que no era nada agradable tener que echar mano a las cosas de la casa para hacer frente a los gastos de traslado y hasta de alimentación; «debemos hasta en el almacén», dijo con amargura.
La señora sostenía con una mano el billete de 50 y con la otra el objeto que intentaba poner en mis manos. Reiteré una y otra vez, que deseaba ayudarla pero que no quería nada a cambio.
Ella se puso firme y dijo: «Por favor, le pido que usted lo tome; si no lo vendo ahora tal vez tenga que venderlo mañana o pasado. Prefiero que lo lleve usted, hágalo por mí».
Una vez en casa, levanté la persiana de la ventana y los rayos de sol que se filtraban entre los árboles comenzaron a reflejarse en el adorno que minutos antes una señora ofrecía en la calle, a cambio de dos boletos de ómnibus. *
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