No entiendo
-Pérez, vaya y dígale a González que es un culo roto. ¿Cómo le va a decir?
-Usted es un culo roto.
-Está bien, pero como cosa suya, ¿eh?
-Pero no entiendo por qué.
-¡Porque yo lo digo y punto!
La incomprensión de Pérez es igual a la que siento ahora mismo, tras leer detalles sobre el proyecto de una tarjeta para ser usada como «boleto inteligente» en el transporte capitalino.
Comprendo que es una tecnología necesaria. Comprendo que resolverá problemas de las empresas y de la Intendencia. Comprendo que beneficiará a la generalidad de los pasajeros. Y comprendo que las mayores dificultades refieran a escolares, policías y militares. Los escolares sólo viajan gratis en ciertos horarios; los policías deben hacerlo uniformados y no más de tres por unidad; y los militares, que, en realidad, aún no han sido incorporados al beneficio, pagarían un boleto diferencial y no podrían usarlo en horas pico.
Bueno, ya verá Gonzalo De Toro qué hace.
Pero lo incomprensible para mí, y admito que hoy la calcificación arterial pueda haberme impedido una irrigación normal del cerebro, es por qué se quiere incorporar al uso de la tarjetita a los vendedores, músicos, cantores, madres hambrientas, ex adictos y simples mangueros que suben a los ómnibus montevideanos.
¿»Porque yo lo digo y punto»? ¿Quién? Por favor, que revise el mamarracho.
¿Tarjeta magnética para el viejo encorvado que vende pastillas y chocolate, para el pibe que reparte estampitas, para la chica que ofrece galletas caseras, para los actores que improvisan una escena cómica, para los músicos y cantores, para los que entregan poemitas, calendarios, incienso o chicles?
No lo comprendo.
Peor aun, me entero de que fracasaron las pruebas de las cinco empresas que han ofrecido su tarjeta.
Habrá sido la maldición del «caballero cantor», hombre gris de larga barba, viejo y flaco, que, acompañado de su ajada guitarra, todavía es capaz de cantar «Toda mi vida» en el ómnibus y hacernos sentir que estamos en otra parte. *
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