Disfraces
No hablaré de inseguridad ni de sensaciones térmicas. No quiero sobre mi conciencia un desequilibrio vascular del ministro Díaz. Demasiado tengo.
Hablaré de disfraces.
Es una moda creativa, así como la hubo (¿la hay?) de boquetes, de escalamientos, de bicicletas por la vereda y de la sorpresa en la parada por un semáforo. Desde hace un tiempo los rateros se disfrazan para inhibir la reacción de sus víctimas. No sólo usan ropa especial, sino también maquillaje e implantes parecidos a los de Gilberto en su payasada.
Quienes se disfrazan de policías hoy sorprenden poco porque han abusado del recurso. Ya nadie se disfraza de señora; es complicado y muchas mujeres, desde la legendaria Pepita, afanan mejor que los hombres y sin travestirse. Incluso, aunque sobrevive, está languideciendo el estilo de ciertas chicas con niños o muñecos en los brazos y de ésas otras, medio indias, con pinta de andinas, que se te van encima murmurando palabras ininteligibles con rosarios o medallitas en las manos.
Pero hay una novedad. La han impuesto, con un primer éxito espectacular, quienes se están disfrazando de inspectores de tránsito.
Si seguimos así, habrá que desconfiar hasta de las sombras. Qué sé yo. Me imagino mirando con recelo a personal de emergencias médicas, bomberos, artesanos, músicos, curas.
A decir verdad, religiosos no sé. Está aquel viejo robo de las «monjitas», jamás aclarado. Pero recuerdo otro caso que los ubica como víctimas de picardías ajenas. El insigne artista plástico Hugo Nantes, famoso en su juventud por un humor sublime, caminaba por 18 de Julio llevando a hombros a un entrañable amigo; de pronto, ve a un sacerdote, corre, se hinca con el otro arriba y le dice: -Padre, una estampita para este hombre que no quiere redimirse.
El cura se la dio y lo santiguó.
Caramba. Ahora que lo pienso, ¿habrá que desconfiar de los artistas plásticos? Qué locura. Al final, tiene razón Díaz. ¡Es tan fácil que por la sensación térmica te agarre una obsesión! *
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