Granada de precios
Debido a los trágicos y complejos acontecimientos que han estallado en estos días en varios lugares del mundo, el precio del barril de petróleo se acercó a los ochenta dólares.
Si bien todo parece indicar que ese precio obedece a dichas circunstancias y que por lo tanto debería bajar en condiciones normales, lo cierto es que desde hace ya mucho rondaba los setenta dólares lo que ya es alarmante y elocuente.
Hemos reiterado que ese precio, más allá de subas y bajas circunstanciales, irá tendiendo al alza inexorablemente porque el petróleo liviano, o dulce, o ligero, se va tornando escaso y porque la demanda energética aumenta.
Dejamos a un lado analizar si las guerras y conflictos que estallan obedecen o no a la lucha por los recursos energéticos. Nosotros creemos que en su enorme mayoría tienen esa causa con lo que estaríamos ante un círculo perverso del que no se avizora solución que no sea violenta.
Pero lo que más queremos analizar hoy es el nutrido ramillete de consecuencias (algunas inesperadas) que la suba de ese precio detona.
A la medida del alza, y a su ritmo, como si estallara una granada de mucha fragmentación, parece que la onda expansiva y millares de esquirlas y fragmentos de todo tamaño, impactaran desordenadamente sobre la más variada gama de aritméticas, geometrías, matemáticas y álgebras…
La primera consecuencia del barril de petróleo encarecido, se produce entonces sobre las maquinitas de calcular que «vuelan» agotando pilas y se «queman» sacando vertiginosos resultados.
Recién después de dichas cuentas se ponen en marcha grandes movimientos hasta llegar a la franca «amenaza» de un profundo cambio civilizatorio si se mira el panorama en conjunto.
Viejísimas tecnologías y hasta viejísimos combustibles comienzan a ser tanto o más rentables que el petróleo.
Novísimas tecnologías y flamantes inventos que ayer no podían competir con los hidrocarburos fósiles, ahora se patentan y ponen en marcha apresuradamente.
La energía nuclear levanta de nuevo su cabeza y pide la palabra aún en aquellos países que habían decidido decapitarla (incluido Uruguay).
Y no es para menos.
Entonces lo que ya había sucedido, por ejemplo durante la II Guerra Mundial (cuando el petróleo dejó de llegar por razones bélicas), o durante la «Primera Crisis del Petróleo» a comienzos de la década de los setenta, se repite pero multiplicadamente.
La leña como fuente de energía, los gasógenos (pirólisis de la leña y el carbón), el carbón en todas sus formas, la energía animal (uso de caballos y bueyes en lugar de tractores por ejemplo), la fotovoltaica y la calórica del sol en variadas expresiones, la geotérmica también en varias maneras, la hidráulica en minirrepresas y en otras formas, la del mar y la de sus mareas, la del viento o eólica, el alcohol y el biodiesel producidos en base al agro, el biogás generalmente obtenido en base a los desperdicios orgánicos, la basura quemada…
A ello deben agregarse las tecnologías aplicadas a la eficiencia energética que van desde las normas para la construcción de las viviendas hasta las reglas para la fabricación de los materiales con los que se deben construir esas viviendas y a la matriz de transporte de cada país beneficiando el fluvial, lacustre, marítimo, «animal» (carros y bicicletas) y ferrocarrilero y a los modos colectivos en todas sus variantes por sobre otras maneras y modalidades.
Y los hallazgos tecnológicos referidos a la acumulación de energía en base al aire comprimido, el hidrógeno, el bombeo de agua corriente arriba en las represas y otros depósitos (cuando «sobra» energía por ejemplo eólica), las baterías químicas.
Todo esto no sólo abarca la generación eléctrica sino la obtención de energía en todas sus formas y para los más diversos fines: calefacción, hornos, criaderos, incubadoras, invernáculos, refrigeradores, ordeñadoras, acondicionadores de aire, calefones, secaderos, vehículos, reacciones químicas…
Las cuentas de las maquinitas de calcular producen milagros a la luz del precio del barril de petróleo y el del gas que le va en zaga.
Comienzan a ser rentables ciertas turbas abandonadas, ciertos esquistos bituminosos (como los de Cerro Largo) y yacimientos de petróleo pesado y gas de costosa y difícil explotación hasta ahora.
Solamente estos asuntos ya dan para profundos cambios en la organización social y económica. Incluso en la organización geográfica. Y geopolítica.
Pero además amanece algo ya anticipado por diversos autores: «la generación distribuida» tendiendo a ocupar un gran papel como parte muy importante del sistema.
Algo parecido a Internet como si Internet hubiera anticipado muchas otras consecuencias y un nuevo modo civilizatorio.
Quien haya seguido hasta aquí la lectura podrá observar una evidente consecuencia: la descentralización forzosa de la obtención y generación de energía.
Tanto el petróleo, como el carbón y la energía hidráulica en grandes represas fueron, además de desocupantes de mano de obra, aplastantemente centralizadoras. Originaron un modelo de capitalismo y otro de «socialismo» (que en eso fueron casi exactamente iguales).
La leña, su antecesor energético, necesitaba obviamente bosques y bosques sustentables. Requería descentralización.
Casi todas las reseñadas fuentes alternativas, o su inmensa mayoría, sólo pueden obtenerse y «construirse» descentralizadamente. Por definición. Forzosamente es así. No hay otra manera.
La expresión máxima de ello será muy pronto la «generación distribuida»: algo que los habitantes de estas pampas llanas u onduladas ya conocimos.
Muchos recordarán o habrán visto y utilizado los viejos molinetes de generación eléctrica eólica (con sus baterías de acumulación) en nuestra campaña. O los más «pesados» de anchas aspas, tan típicos, que tenían fines de riego: el viento, a través de ellos, movía el émbolo de una bomba de agua tanto para regar directamente como para llenar «tanques australianos».
Hace ya unos años que (salvo en Uruguay) se vuelve mundialmente a ellos.
Pero ahora también en zonas urbanas.
Ahora serán más sofisticados, más aerodinámicos, habrán pasado por sesudos estudios en «túneles de viento», su fibra será de carbono o de vidrio, los harán más «modernos», incluso los harán ambivalentes (de riego y generación eléctrica según se necesite y soplen los vientos) pero el principio seguirá siendo el mismo: la energía se genera «en casa» o «en la comarca».
Y esto, repetimos, no sólo tiene que ver con la energía eléctrica.
Algunos afirman cosa que no dudamos que en Uruguay ya existen más de cincuenta «destilerías de biodiesel». Algunas conocidas y otras no.
Reconocidas hay una docena, incluso una en Montevideo en la vieja Planta de la Compañía BAO).
En suma: ya hay empresas, y gente, que fabrica su propio biodiesel porque le resulta más económico que el diesel de la Estaciones de Servicio.
Así como ya hay establecimientos rurales con sus propios molinos generadores de electricidad y pronto habrá grandes edificios urbanos con los suyos en el techo (especialmente en Punta del Este).
En estos últimos casos se tratará de generadores eólicos que rotan horizontalmente y que por lo tanto ocupan mucho menos lugar que los más conocidos.
Este «recurso» hasta ayer inimaginado permite entre otras cosas (si están además conectados a la UTE) «planchar» las tarifas conectándose a la red cuando son más baratas y acumulando para descone
ctarse cuando son más caras. O hacerlo según haya viento. En otros casos (rurales casi siempre) permite desconectarse lisa y llanamente de UTE.
Pero en el caso del biodiesel, y del alcohol el destino es «desconectarse» (en creciente proporción) también de Ancap.
El grandísimo problema ya está presentado: ¿Qué pasa si deciden comercializar el combustible con los vecinos y qué pasa si exigen vender su energía eléctrica «sobrante»?
Hoy proliferan en el país, poderosos inversionistas que se proponen producir biodiesel y alcohol incluso para la exportación.
Porque ya se han creado ambos mercados internacionales.
La granada jurídica estalla en mil esquirlas, por lo chico y por lo grande, por donde se la mire, y será necesario un buen número de abogados para tratar de arreglar estos entuertos. Los vacíos legales son abismales.
Estamos, qué duda cabe, en la puerta de enormes cambios.
Todo por culpa, según parece, apenas del precio de una «materia prima». *
(*) Senador
Compartí tu opinión con toda la comunidad