Educación
Es plausible que se haya abierto un debate sobre la educación.
Hemos sabido que Uruguay tiene un índice de repetición escolar que es, en primeros y segundos años, de los más altos de la región. Quienes repiten, además, luego son los primeros fugados del sistema educativo. O, mejor dicho, expulsados. Una factura por culpas ajenas. No es sencillo. La pobreza, multiplicada en los últimos años de forma dramática, ha caído entre los niños de menor edad.
Pero más allá de esta tragedia, resultado de una marginalidad impuesta -meollo que insumirá años cambiar-, hay algo a lo que intuyo no se ha prestado debida atención: los programas escolares. No forman lo suficiente; más bien informan y crean, por querer enseñarlo todo, loritos memoriosos que poco se asombran, emocionan o participan de la aventura del conocimiento. «Saber de memoria es no saber». Montaigne.
Sábato dijo que el ser humano aprende si se siente parte del descubrimiento y la invención; a su juicio, la enseñanza esquemática y libresca es una forma de muerte. Y se preguntó si antes de Gutenberg no hubo cultura, respondiéndose que «la cultura se transmite no sólo por los libros sino a través de todas las actividades del hombre, desde la conversación a los viajes, oyendo música y hasta comiendo».
Esa es, en una pincelada quizás simplificadora, lo admito, la educación que habría que dar al niño cuando su espíritu es más frágil y receptivo, impulsando su libertad de opinar, equivocarse, ensayar, rectificarse y seguir explorando. ¿Por qué no recordar a Galileo, que si sólo hubiese repetido a Artistóteles no habría averiguado que el maestro se equivocaba sobre la caída de los cuerpos?
Por eso, tal vez, se ha aconsejado enseñar literatura al revés, empezando por los creadores de nuestro tiempo para que, más tarde, el alumno se apasione con lo que Homero o Cervantes escribieron sobre el amor y la muerte, la desdicha y la esperanza, la soledad y el heroísmo.
No es mala idea ni es mía. También es de Sábato. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad