As de espadas
La reacción del gobierno uruguayo, luego del fallo de la Corte de La Haya, ha sido de una prudencia y una delicadeza que sólo podrían compararse a los modos de un noble victoriano. Ha habido inteligencia diplomática y política. Y se ha tendido el puente para que quien está del otro lado haga, al menos, el gesto de acercarse.
Pero ése es el problema.
No es cuestión de la escandalosa recepción que le preparan al presidente Vázquez en Córdoba; no es cuestión de la Piccolotti, guerrillera verbal devenida funcionaria pública rápidamente caída en desgracia; no es cuestión de Busti, un mediocre que quiso dar un paso más largo del que sus piernas permiten; no es cuestión de los ambientalistas de Gualeguaychú, quienes, más allá de pucheritos, grititos y pataditas, han admitido que cortar la ruta con el frío que hay no será sencillo como antes; y ni siquiera es cuestión de la Carrozzo, a quien tal vez no seduzca, en pleno invierno, andar con el culo al aire por ahí (¿con qué arregla si se le escarcha?).
Es cuestión del señor K, uno de los más grandes hipócritas de la historia argentina, aún metido en plena campaña por la reelección, que no se esperaba este directo a la mandíbula de la Corte de La Haya. ¿Ahora le ordenará a Busti que meta violín en bolsa? ¿Se animará a contradecir a los fundamentalistas entrerrianos, incluso impidiéndoles que interrumpan el tránsito por los puentes binacionales? ¿Querrá decirle a la corporación que lo sostiene y presiona, «hasta aquí pude llegar»?
Ojalá me equivoque, pero no lo creo.
Y tampoco es cosa de abrazos, porque vive abrazando gente. Es cosa de que todavía crea que tiene el as de espadas. Vázquez, aceptándole ese abrazo de oso traicionero, tendrá que ingeniarse para hacerle ver que la espadilla siempre pierde con el dos de la muestra.
Claro, para tener el dos hay que seguir haciendo diplomacia y política, ahora con los organismos internacionales de crédito, para que no demoren más lo que prometieron a Botnia y a ENCE. *
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