El tren de la leche
Aquel Montevideo de casas bajas dormía muy silencioso. Apenas se escuchaba cada tanto el agudo pito de un guardiacivil en su nocturna ronda. Por Capurro y Bella Vista los vecinos, al decir de Antonio Machado, «soñaban que soñaban».
Muchas casas pegaditas a la vía del ferrocarril que pasaba a los fondos de esas viviendas de ladrillos caseros, chapas y lindazo sudor proletario. Los que dormían ahí ya estaban acostumbrados, apenas si se daban vuelta y seguían apolillando. Había otros que tomaban el viajero y potente sonido como un puntual despertador. Una metálica sucesión de ruidos quebrando la brisa en la madrugada barrial. Las casas al costado del riel se conmovían con un estruendo que pasaba efímero pero dueño de las cuadras y seres. Era el llamado «tren de la leche» que exacto e inflexible estremecía al barrio. Venía de muy lejos, «de tierra adentro», como le habían dicho al pibe preguntón que por años se sobresaltó a eso de las dos de la mañana. Lo imaginaba como un oscuro dragón que arrastrando su larga cola avanzaba sobre los campos y llegaba a la ciudad muy orgulloso de su humeante poder. Después supo que se trataba de una locomotora a vapor que arrastraba un par de vagones de pasajeros y un montón de otros llenos de tarros de leche que mandaban los tamberos del campo para la capital. Se detenía unos minutos en Sayago, Colón o Peñarol para que bajaran los madrugadores que laburaban en las barracas de la zona. Su diario destino era la flamante estación y planta elaboradora de la cooperativa lechera cerca de Arroyo Seco. Se desviaban los enormes vagones y descargaban cientos de aquellos grandotes y brillantes tarros de leche fresca. El Tren de la Leche fue parte de la infancia del Montevideo de antaño que corría a la par de la década del 20. Días en que pibes y laburantes se prendían a un vaso de polentuna leche. Si no querías la envasada que recién estaba haciéndose de un lugar, seguro que te gustaba más la sabrosa que nacía en la infinidad de tambos urbanos desparramados por todos los barrios. Vascos y boinas blancas toda una estirpe de recios trabajadores. Habían levantado unos galpones y en los fondos tenían tres o cuatro vaquitas que cuidaban con celo. Al frente de esos locales un pequeño mostrador y te servían vasos de grueso vidrio repletos de esa leche espumosa y recién ordeñada. Por la Villa de la Unión fue una leyenda el tambo de Marcelino en Villagrán y Avellaneda. Recorría temprano la barriada y hasta se metía en el bravo Puerto Rico. Los vecinos lo esperaban en los portones con cacerolas y tarros que el adusto pero buenazo de Marcelino les llenaba hasta desbordar. Por la Cantera de los Presos, en Larravide y Azara, otros vascos tenían pequeños campos donde dejaban sus carros y jardineras del reparto. De las curtiembres de Nuevo París salían los obreros para sentarse en el cordón y darle de pico a una botella de medio litro de envasada leche. La botijada coleccionaba sus tapitas de duro cartón para campeonatos de «arrimadita». Suena el silbato del tren de la leche y también escuchamos el pesado andar del carro del vasco. Tarros de espumoso alimento que dio bríos y energía a la Vieja Capital. Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE. *
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