La felicidad
Hablemos de la importancia de las palabras.
Una de las preocupaciones más universales, menos mal, es el futuro de la niñez. Ahora mismo, en Gran Bretaña, se está desarrollando un plan piloto con dos mil escolares de Manchester: recibirán «lecciones de felicidad». Se trata de juegos para que superen el estrés cotidiano, la depresión y la falta de autoestima e incluso los protejan de la tendencia al abuso físico y psicológico hoy tan frecuente.
Qué interesante. Me estimula suponer que si esta experiencia tiene al menos un éxito relativo podría extenderse a todas partes. Pero me incomoda la palabra elegida como emblema: felicidad.
Expresada como centro del todo podría inducir en los niños la idea de que, haciendo yoga, respirando según técnicas orientales o jugando para recuperar la autoestima llegarán a una meta. Serán felices para siempre.
Eso es mentira hoy y lo será siempre.
Decía Wimpi que la felicidad jamás es una cosa hecha, un sitio al que se llega y ya. Es algo que se va dando. Se puede ser feliz hoy, mañana no y pasado mañana quién sabe. Hay que aprender a ir siendo feliz a medida que se puede: «La felicidad no estará al fin de ningún camino; debe ir estando en el camino».
Por eso Antonio Gala, ese espléndido escritor español y maravilloso narrador oral, dijo, cuando le preguntaron si creía en la felicidad: «Pues no, hombre, es que ya soy medio sabio. Prefiero creer en la alegría de vivir. Se puede sentir siempre y ayuda hasta para superar los mayores padecimientos. Una alegría alimentada de lo más sencillo que nos rodea y a lo cual, por estar siempre buscando y adueñándonos de cosas, no damos importancia: la calidez de una compañía, el sol del amanecer, el nacimiento de una flor, la música, una caricia a un animal dormido».
Yo cambiaría «lecciones de felicidad» por «lecciones de alegría». Para que los niños jamás deban admitir lo que en su vejez confesó la marquesa de Sevigné: «!Qué feliz era yo en aquellos tiempos en que era infeliz!». *
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