Una inflexión profunda en el quehacer militar

La autonomización del Ejército; de la ascención al ocaso

«Estos bravos soldados, héroes de victoriosos e inolvidables combates -contra infelices amarrados a una silla, desnudos y con los ojos tapados- ante la sola probabilidad de enfrentarse con un modesto juez penal, claman a gritos por el recambio de los pañales geriátricos».

(La República, Junio de 2005.. «20 años atrás»).

Las pantallas de los canales de televisión muestran al individuo desgreñado, sin afeitar, de cabellos largos esparcidos desprolijamente sobre el cuello y los hombros, que con rictus de risa idiotizada y recitando incoherencias es sacado del local de Interpol e introducido a la fuerza en un vehículo policial. En la crónica para el asombro, el patético coronel Gilberto Vázquez Bisio muestra que ni murió ni fue guerrero. Los memoriosos podrían pensar que se trata de una «remake» del humorista argentino Alberto Olmedo interpretando a su personaje mas popular, un charlatán de hablar abrasilerado apodado «el mano santa». Pero no, no es Olmedo sino Gilberto el coronel; el que pontificaba sobre el honor y la bravura. Que no mueve a la alegría. Solo a la náusea. Y al desprecio.

El episodio Gilberto Vázquez señala no sólo el ocaso del largo período de autonomización del Ejército sino una inflexión profunda en el quehacer militar. Hay un Ejército que terminó y otro Ejército que se abre paso. Por eso buena cosa es comenzar desde el principio, y entender que la autonomización de las FFAA fue la prueba del nueve del triunfo del corporativismo militar. Que la actitud de encierro en sí mismo de los militares de antes de la Guerra Fría no era de autonomización, ni siquiera corporativismo. Era rencor por tener que vivir en el gueto.

Eso cambiará con la Guerra Fría instalada, con una sociedad uruguaya aceptando la presencia militar. Es el período preautonómico con FFAA en convivencia pacífica dentro de la obediencia al poder civil. Como telón de fondo una concepción maniquea de base rabiosamente anticomunista a nivel patológico, precursora de futuras «caducidades de pretensiones punitivas» cuyo resumen era: Dentro del anticomunismo todo. Fuera del anticomunismo nada.

El primer peldaño en el proceso de autonomización del Arma de Tierra comenzó con la presidencia de Pacheco Areco y sus medidas de Pronta Seguridad. Que complementadas con frecuentes visitas a los cuarteles (dejando ostensiblemente de lado los aeropuertos de la FAU y los buques de la Armada), marcaron la opción por el Ejército y sólo el Ejército como el único, exclusivo y válido interlocutor del gobierno del período post-Gestido. El Ejército -a esa altura, ideológicamente fascistizado por los Aguerrondos y los Cristis- se había hecho merecedor de compartir el poder, por su potencia y cohesión ideológica por lejos superiores a las fuerzas de aire y de mar. Y así fue como los mandos, con mentalidad de gendarme, aceptaron ser el sustento de la filosofía y praxis autoritaria requeridos para llevar a cabo las transformaciones económicas de la novel versión de capitalismo salvaje, creada en las usinas del Imperio, para los desheredados del mundo, cuyos popes en el Uruguay eran conocidos como los Chicago Boys cuya síntesis última era…(aunque parezca una sarcástica caricatura) «que paguen más los que ganan menos; que paguen menos los que ganan mas». A este singular modelo económico algunos chuscos lo llamaban «La economía a lo Hood Robin», porque invertía el orden del nombre y apellido del recordado y novelesco héroe medieval inglés, Robin Hood, aquel que hacía justicia social, requisando bienes a los poderosos y ricos para repartirlos entre los pobres. Hood Robin, al contrario de Robin Hood, robaba a los pobres para dárselo a los ricos.

El segundo peldaño ocurre durante el efímero período de Bordaberry, donde se consolida la autonomía gracias a la colaboración que da al Ejército un cuerpo de civiles obedientes y manejables, (Copetti, Praderi, Hamlet Reyes etc.) que enamorados del título de «Consejeros de Estado» se sentían realizados en su papel de amanuenses de los uniformados.

El poder deja ahora de lado su cara espartana y muestra su reverso. Que tiene color y gusto a miel y que los hombres del Ejército sorben con placer. En grandes cantidades. Y sin complejos.

Así llegamos al tercer peldaño. El señor Bordaberry quiso mostrar carácter presentando a los militares un proyecto de factura medieval que rezumaba azufre para espantar a Lucifer, donde se borraban los partidos tradicionales, se inventaba un consejo corporativo al mejor estilo Mussolini y se proponía que las FFAA se dedicaran por toda la eternidad a las faenas cuarteleras, dejando a los civiles piadosos, de cruz y misal en ristre, la tarea de atender los negocios del Estado. Los militares, viendo que la marioneta pretendía tener vida propia, se deshicieron de ella mediante un par de sonoros puntapiés en las asentaderas. Bodaberry, echado de tan brusca manera, dolido y convencido de que había hecho bien los deberes, nunca acabó de entender que para los uniformados los civiles complacientes eran como los preservativos. Se usan y se tiran.

Y así comienza el cuarto período. Con la suma del poder e impunidad instalados como filosofía de gobierno, que aparte de las tareas que el Plan Cóndor obliga a nuestros aplicados militares están las otras, las que derivan del reparto de ministerios, directorios, intendencias y otros cargos jugosos, con el concomitante y notorio salto cuantitativo en sus ingresos. El grueso y mejor rentado conjunto de cargos va al Ejército. Para la Armada y la Fuerza Aérea, migajas. Así no se olvidan quien manda.

Hubo casos emblemáticos, tal el general Raimúndez, que desde la presidencia del BROU financió con largueza a sus amigos. Raimúndez, notorio por sus estrecheces en los años mozos, obsequió un casamiento real a su hija. La plaza Matriz fue cerrada y el millar de invitados  ellos con uniforme de gala; ellas de vestido largo- salió de una catedral con muchas luces, caminó lentamente hasta un resplandeciente e iluminado «a giorno» Club Uruguay.

El segundo ejemplo emblemático fue el así llamado «caso Soca». Soca era un señor que tenía la capacidad casi bíblica de multiplicar el dinero que se le prestaba, como si fuera panes y peces. El elenco mayor de la dictadura (ministro del Interior, intendentes y jefes de Policía varios) sacaba los fondos de las respectivas dependencias y se lo daba a Soca, quien a los pocos días lo regresaba con pingües intereses. Un día se acabó el milagro. Soca no devolvió el dinero. Hoy Soca es un desaparecido. Para los de menor rango estaba el saqueo. Sin falsos pudores. La superioridad predicaba con el ejemplo y la palabra que robar y saquear al enemigo no era deshonroso. Y como el pueblo uruguayo todo era enemigo en esa apreciación que hacía la dictadura, al pueblo todo se lo saqueaba. Porque el saqueo era un derecho de los guerreros victoriosos. Lo había dicho el general Queirolo: «A los vencedores no se les pide cuentas».

El quinto y último peldaño lo constituye el período 1985- 2005. De democracia tutelada. Año tras año, los jefes de Estado se constituían en el Centro Militar y el Círculo Militar avalando con su presencia el panegírico de la dictadura, que los presidentes de los clubes hacían en sus discursos. (Los clubes Naval y de la Fuerza Aérea no realizaban estas ceremonias). Armónicamente, la interpretación libre que los varios gobiernos dieron a la Ley de Caducidad, transformándola en un «perdona tutti», llevó a que ningún delincuente militar fuera detenido, dando así el mismo privilegio a quienes habían asesinado que a los que habían robado. Parafraseando al famoso estratega prusiano Von Clausewitz: «La democracia tutelada fue la conti
nuación de la dictadura por otros medios».

Para terminar, dos frases del general Oscar Pereira:

1-La autonomización de las FFAA se debió más a la debilidad y complacencia de los civiles que a la fuerza de los militares.

2-Aquel Ejército no es este Ejército. Aquel se encolumnó tras la mentira y el oprobio. Este reconstruye la patria, y tiene el andar majestuoso de los hombres libres. (Artigas dixit). *

(*) Contraalmirante retirado

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