Cuando el fútbol es más que un deporte y es un sentimiento

"¡L’azzurra campeona!", un grito que se sintió bien fuerte en Montevideo

La primera lágrima brotó de los ojos de Lucía ni bien convirtió Fabio Grosso el último penal del partido, del Mundial, pero lo más importante, el penal que consagró a Italia campeón.

Lucía enseguida se abrazó con una niña de no más de cuatro años, que parecía no entender la situación. La señora gritaba ya afónica y con un claro acento de su país natal: «Italia, Italia». Por las arrugas de su cara recorría aquella primera lágrima rumbo a su boca que besaba un rosario que sostenía con su mano derecha. Alguien le dijo al equipo de LA REPUBLICA: «Se llama Lucía, tiene 76 años, y hace 72 que no va a Italia».

El griterío de los presentes era el grito de la victoria, aquel grito que no sonaba desde hacía veinticuatro años cuando Italia conquistó su tercer título en el mundial de España.

Más de 400 de los 50.000 italianos que viven en Uruguay, ayer palpitaron todos juntos la gran final en la Casa degli Italiani, en 8 de Octubre y Garibaldi.

De fondo, en la pantalla gigante las imágenes se contrastaban entre la felicidad del golero italiano y la su colega francés que mostraba desazón por la situación de derrota. Mientras la fiesta se extendía desde las imágenes de la cancha del Estadio Olímpico de Berlín a Montevideo, que era todo fiesta para la colectividad italiana reunida.

 

Ganando confianza

El equipo periodístico de LA REPUBLICA llegó al promediar el primer tiempo del partido. Los constantes ataques de la selección francesa al arco de Buffon provocaban nerviosismo y angustia en los simpatizantes italianos. Cuando terminó el partido, cada uno de los presentes se negaban a pensar que se podía repetir la historia de 1994, cuando Italia perdió la final contra Brasil por penales.

La instancia definitoria desde los once pasos era temida por más de uno en la tarde de ayer y alguno de los presentes se animó a expresar «que le hagan un gol ahora a los franceses y así lo liquidamos antes de los penales, si no vamos fritos».

La confianza pareció volver cuando el francés Zinedine Zidane fue expulsado del juego por agredir a un jugador italiano en el minuto trece del primer tiempo del alargue.

Ya la sensación de nerviosismo se cambió por una visible confianza al equipo italiano, y por enojo hacía el jugador francés que agredió con su cabeza al italiano en el pecho.

 

La sombra de los penales

Entre la carrera de cada jugador que pateaba, y el contacto del mismo con la pelota, se generaba un singular silencio, un vacío estremecedor. La sombra de aquel penal estaba presente, aquel fatídico momento de la final del mundial de Estados Unidos 1994 cuando la figura de la selección italiana Roberto Baggio, marró el gol lo que le dio el título a Brasil.

Algunos miraban la pantalla gigante, una señora tenía pronta una bolsa llena de pétalos de rosa, otros bajaron la cabeza, y la corrida de Fabio Grosso se hizo eterna antes de tomar contacto con el balón. En cada paso del jugador frente a la pelota, todos quienes estaban sentados se iban parando de a poco, agarrándose fuerte del costado de la silla, y el silencio se hizo más pronunciado, generando más vacío.

La explosión de gritos, abrazos, llantos, besos, se generó cuando la pelota se envolvió entre la red del arco de Fabian Barthez, y la «azzurra» volvía a ser campeona del mundo.

 

La bandera del campeón

La fiesta culminó con vino, un brindis por la copa del mundo, y una marcha desde ocho de Octubre y Garibaldi, para recorrer el centro de Montevideo concentrando en la plaza Libertad.

En la puerta de la Casa degli Italiani se reunieron para comenzar la marcha, con la bandera del campeón flameando a pleno desde los automóviles.

La misma bandera que un vendedor ambulante ofreció por 100 pesos hasta que Barthez no pudo contener ese último penal, luego de eso, la bandera se cotizó (por criterio del vendedor) a 200 pesos que dijo «esta es la bandera del campeón». *

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