El pundonor de los terroristas de estado
Tenemos, por ejemplo, el sustantivo precipitaciones, que en los partes meteorológicos va, casi indefectiblemente, acompañado del adjetivo aisladas; y tenemos también las tormentas cuya característica más frecuente es la de ser dispersas. Asimismo, la voracidad se ha convertido en un atributo casi exclusivo de los incendios («voraz incendio destruyó las instalaciones», etcétera); del mismo modo, cada vez que hablamos de una ceremonia, zácate, le encajamos las cualidades de sencilla pero emotiva.
Pero de todos estos, hay un caso emblemático: el adjetivo pundonoroso jamás lo he visto acompañando a otro sustantivo que no sea militar. Nunca nadie habla del pundonor de los carpinteros, por ejemplo, ni de los veterinarios pundonorosos. En cambio, es harto frecuente encontrarse con la frase «militares pundonorosos»; parece que son los únicos que tienen pundonor. En fin.
O sea que, además de habernos privado de nuestros derechos, libertades y garantías individuales durante tantos años, además de haberse apropiado de la historia, de la tradición, de la patria y de sus símbolos (aquí hay que reconocer que no tuvieron la precaución de modificar la letra del himno y se tuvieron que bancar que aumentáramos el volumen cuando cantábamos «tiranos, temblad»), además de haber pretendido apropiarse de todo eso, se apropiaron del adjetivo pundonoroso y del sustantivo pundonor, o sea dos conceptos vinculados con valores morales.
Mire que tuvimos que soportarlos durante años y años, hablando del pundonor, de los militares pundonorosos, de los tribunales de honor, de los estrictos códigos de honor por los que se rigen… Eran los únicos depositarios de la dignidad, como si se tratara de un estamento elegido, superior, iluminado, único capaz de manejar esos altos valores. Cuántas veces una crítica proveniente de un civil fue considerada «ataque a la fuerza moral de las Fuerzas Armadas», lo que motivaba el inmediato sometimiento del pichi a la justicia militar y su más que probable procesamiento por coroneles metidos a jueces.
Pero veamos un poco el significado de estos vocablos reservados de hecho exclusivamente a lo castrense.
Aparentemente, el término pundonor proviene del catalán, punt d’honor, y sería el «estado en que la gente cree que consiste la honra, el honor o el crédito de alguien». También puede definirse como «amor propio, sentimiento que mueve a cuidar el prestigio y la buena fama propios».
En el concepto que encierra el vocablo hay, sin duda un altísimo componente de lo que se entiende por honor, esto es, una «cualidad moral que nos lleva al cumplimiento de nuestros deberes respecto del prójimo y de nosotros mismos». También puede ser (siempre según el DRE) «gloria o buena reputación que sigue a la virtud, al mérito o a las acciones heroicas, la cual trasciende a las familias, personas y acciones mismas del que se la granjea». Emparentada con «honor», tenemos «honra»: «Estima y respeto de la dignidad propia. Buena opinión y fama, adquirida por la virtud y el mérito». Por su parte, un diccionario de sinónimos nos da una larga lista de términos que van por la misma ruta semántica: dignidad, respeto, honor, honra, decoro, vergüenza, decencia, honradez, nobleza.
Como el lector puede apreciar, he reunido un cúmulo de palabras vinculadas semánticamente y que designan –con matices– altos valores indiscutidos en cualquier cultura. Ahora bien, la pregunta es: ¿Puede aplicarse alguno de esos valores a los centuriones que, al amparo del terrorismo de estado, cometieron las vesanias por todos conocidas? ¿Cómo encaja el valor honradez en la conducta de los que sistemáticamente se apropiaban de los bienes de los detenidos? ¿Cuánto honor puede caber en el alma de un perjuro que no vaciló en pisotear la Constitución? ¿Dónde está la decencia de quienes se dedicaron, sistemáticamente, a martirizar, vejar y violar a mujeres indefensas? ¿En qué radican el decoro, la dignidad y el respeto de los que secuestraron, torturaron, asesinaron e hicieron desaparecer a tantos compatriotas? ¿Cuál de todos esos valores morales les cabe a los responsables de haberse apropiado de los niños nacidos en cautiverio y haber traficado con ellos luego de asesinar a sus progenitoras?
Y más cerca en el tiempo, ¿dónde está la dignidad de quienes reclamaron bajo amenazas (y luego lograron merced a la complacencia de gobernantes pusilánimes) la impunidad? ¿Qué vergüenza o coraje pueden tener los que se negaron a reconocer sus responsabilidades y apostaron todo al silencio y al olvido?
Y por fin, ¿cómo calificar a quienes brindaron datos falsos sobre los lugares de enterramiento en un juego de mosqueta macabro y ominoso? Me pregunto (como tantísimos otros) si las jerarquías castrenses fueron víctimas, ellas también, de la burla de sus camaradas de armas…
El lunes pasado, uno de estos siniestros personajes se fugó del Hospital Militar. Estaba detenido a la espera de la resolución judicial sobre un pedido de extradición cursado por la Justicia argentina. Pero su reclusión transcurría de un modo bastante singular, en condiciones de privilegio, con el visto bueno del jefe de la unidad militar. Luego de su fuga, un jerarca dijo sentirse «traicionado» por la actitud del fugado. Yo me pregunto si, teniendo en cuenta los antecedentes de esta gente, podría sensatamente esperarse otra conducta. ¿No ha quedado claro que no están dispuestos a someterse a la justicia, en procesos que ofrecen las garantías inherentes a un estado de derecho, exactamente al revés de lo que fueron los juicios contra los opositores al régimen de facto?
Han demostrado de manera concluyente carecer absolutamente de todos y cada uno de los atributos que integran el concepto de pundonor.
Y además, por si fuera poco, son cobardes. *
(*) Periodista
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