Celibatos
Wimpi usaba un viejo cuento chino –el de Pao Yu que soñaba con otro Pao Yu, que soñaba con otro Pao Yu y así infinitamente–, para explicar que el hombre no va a ninguna parte, aunque siempre está de vuelta, porque no es uno sino varios «yo» que nunca se encuentran.
Peor es aun cuando se comprueba que también ocurre en la ciencia. Aldous Huxley y Umberto Eco, con diferencia de cincuenta años, coincidieron en algo conmovedor: la tragedia de los conocimientos separados. Huxley la calificó como «el celibato del intelecto», explicando que los diferentes saberes viven en celdas monásticas, separados, y no se casan entre ellos. Menos poéticamente, Eco alertó acerca de que cuanto más se separen esos saberes, evitando su matrimonio, tanto más fácil será someter la ciencia a los cálculos del poder.
Esto viene a cuento por el informe que un equipo de técnicos de la Facultad de Ciencias ha elaborado sobre el impacto negativo que las pasteras de Fray Bentos causarían en el río Uruguay. Ese informe contradice otros anteriores, también científicos, provenientes de otras especializaciones.
Pues bien, a esta hora ya nadie entiende nada.
El proceso científico es esencialmente ético y se basa en la duda. Si los procesos se multiplican y se distancian, llegando a conclusiones que no se cruzan ni enriquecen la información y los procedimientos empíricos, estamos fritos. Debemos recordar que el tema central –la cruz de los caminos– no es el descubrimiento de una vacuna ni la comprobación de la mutación de un virus, sino un asunto de implicancias económicas y políticas. Entonces, la claridad, la precisión y la coherencia son vitales.
Si las cosas siguen por este camino, las pasteras van a terminar en Misiones, en Santa Cruz o alrededor del obelisco de Buenos Aires.
No es moco’e pavo. Tampoco lo es intuir que hay quienes están haciendo lo que Bacon repudiaba de los escolásticos: «Afirmaciones acerca del universo sin tomarse el trabajo de averiguar qué son en realidad los hechos». *
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