Celentéreos
Debo ocuparme otra vez de los fiscales.
Antes, un apunte. Los celentéreos poseen una sola abertura que oficia de boca y de ano. Si hiciesen simultáneamente dos de las funciones fisiológicas más importantes –comer y defecar– sería la prueba de la existencia de Dios.
Qué cuernos tienen que ver los celentéreos con los fiscales, se dirá. Paso a paso, aconsejó el ciempiés.
El subsecretario de Educación y Cultura, Felipe Michelini, ordenó pedir informes a varios fiscales por sus declaraciones públicas acerca de casos en que intervienen. La idea parece ser aplicar radicalmente una norma legal, herencia de la dictadura, que impide a estos funcionarios «emitir y hacer públicos juicios y censuras, dar a publicidad o facilitar de cualquier modo la difusión de antecedentes e informaciones sobre cuestiones que conozcan o en que intervengan o hubieren intervenido en razón de sus funciones». Según el vicepresidente de la Asociación de Magistrados del Ministerio Público y Fiscal, Gustavo Zubía, «implica quedar silenciados e incluso pone en duda la facultad que tenemos de emitir dictámenes sobre gobernantes o jerarcas del servicio, lo que es un dislate en una sociedad democrática».
Michelini dijo que la norma no impide dar opiniones en materia de derecho o políticas generales. La fiscal Mirta Guianze respondió que es una censura genérica, «porque si la norma está vigente rige para todo».
A ver. Si los fiscales hablan, la información discurre clara, precisa y es socialmente comprensible. Si sólo hay dictámenes noticiados de modo indirecto, a veces parcial, campea la confusión y la suspicacia entre la gente. ¿Es tan difícil entender que toda información que circula libremente hace más sólida a la democracia? Pensar lo contrario, o temer a esa información, es lo que puede inducir a que las fuentes, en este caso los fiscales, sean convertidas en unos celentéreos con diarrea. Claro, obligadas a tener tan ocupada su única abertura ni por milagro podrían hablar. *
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