El mercado persa
Los mercados en Irán son bazares, y que nadie dude de que en cada uno de ellos «hay de todo» lo que se pueda imaginar. En cuanto a dimensiones, le damos un punto de referencia: tome nuestra querida feria de Tristán Narvaja con todas sus calles laterales y transversales, multiplíquela por dos y póngala bajo techo. Allí se estará aproximando -solo aproximando- a la realidad por ejemplo del Bazar Teherán, que visitamos hace dos o tres días.
Sumergirse en uno de estos bazares es como ingresar en un mundo de fantasía, como aquellos que aparecían en las pantallas de los cines de barrio con truculentas escenas entre alfombras y cacharros de barro y cobre, y en ella la figura del sagaz detective Hercules Poirot buscando una pista para dilucidar un intrincado misterio nacido de la feroz imaginación de Agatha Christie.
El Bazar Teherán, uno de los tantos similares en esta ciudad y en todo el país (como el bazar Hajerbodulah y el Vakil, entre otros), se encuentra en la calle Panzdah Jordad y en su centro hay una antigua mezquita conocida hasta la revolución como la Mezquita del Sha o del Rey, y desde entonces, como la mezquita del Imán Jomeini.
Un laberinto interminable
Se trata el mercado en sí de un enorme laberinto de interminables galerías- la mayoría de ellas bajo altos techos sostenidos por bovedillas de piedra o ladrillo con arcos de medio punto u ojivas, pisos de piedra desparejos por cuyo centro transcurre una canaleta por donde corre un agua increíblemente transparente, y miles de locales pegados los unos a los otros en toda esa enorme e indescriptible geografía.
Preguntamos y amablemente nos respondieron que las paredes y los techos en su mayoría tienen entre 130 y 140 años de construidos, que desde el siglo XIX ese mercado está allí y que en realidad mucho no ha cambiado física ni espiritualmente desde entonces.
Transitar por allí es iniciar un viaje de color y aromas difíciles de definir. Frutas frescas y secas, especias, la mayoría de ellas desconocidas para nuestro olfato y nuestro paladar, hierbas medicinales, hierbas aromáticas, telas, alfombras, pañoletas, zapatos, ropa de todo tipo y calidad, perfumes, joyas -algunas simples chafalonías pero otras de plata y otras selladas-, artesanías y ofertas gastronómicas de aromas y texturas casi exóticas para nosotros.
Las frutas y las especias
Y si de frutas, especias y aromas hablamos, basta saber por ejemplo que una de las cosas que destaca a Irán es su enorme riqueza en hierbas medicinales y especias. Tienen prestigio justamente ganado, el comino y del azafrán iraníes, considerados de los mejores del mundo y que nosotros día a día probamos como aderezo a nuestro infaltable arroz. No menos prestigio tienen sus hierbas sanadoras y sus preparados estimulantes y curadores basados en ancestrales sabidurías. En cuanto a frutas, se encuentran en este bazar o en otros mercados similares, pero también en puestos callejeros de toda la ciudad, una riquísima variedad de ellas, entre las que se destacan damascos, ciruelas, duraznos, unas increíbles cerezas -que crecen incluso silvestres en las huertas-, sandías de un sabor casi sublime y los melones, los soberbios y exquisitos melones, sin lugar a dudas de los mejores que pueden cultivarse en el mundo. Y esto ya es una historia de larga data. Cuentan los iraníes que en los comienzos del siglo XIV, un viajero musulmán –Ibn Bajuta– dijo que los melones del Estahar, así como sus damascos «no tienen parangón en cuanto a calidad». Los dátiles producidos por las palmeras que abundan en el sur del país están allí, al alcance de la mano, como los pistachos, las nueces, las avellanas y a precios muy baratos, incluso para nuestros sufridos bolsillos uruguayos.
El paisaje de la más que centenaria galería es por momentos caótico. Sin embargo, poco rato después de transitar por él, el visitante descubre que no es tan así, que existen códigos y que se respetan a rajatabla. Sin darse cuenta el visitante puede llegar a caminar kilómetros por las galerías y difícilmente sin la ayuda de un experto, pueda encontrar el camino de salida cuando decide terminar el paseo.
Las rosas y los tulipanes
En medio de la vorágine humana circulante y las voces de los pregones, nos sorprendió la música de un vendedor de flautas artesanales que promocionaba su producto interpretando exquisitas melodías. Abundan las flores naturales y artificiales, los arreglos florales, los enormes copones de cristal repletos de pétalos desecados con aromas cautivantes, las bolsas con pétalos de flores y allí entre todas, naturales y artificiales, las impresionantes rosas persas. Rosas de todos los colores y tamaños imaginables, blancas, amarillas, rojas como la sangre, otras apenas rosadas como el rubor de una mejilla, otras con un colorado muy fuerte casi bordó e incluso algunas con dos colores en una misma flor. Abundan también los tulipanes y los jazmines, pero confesamos que no los hemos visto aún.
Sobre el tulipán, la flor que en occidente generalmente asociamos con Holanda en primera instancia y luego los recuerdos nos llevan –en lo personal– a los tulipanes parisinos de los jardines cercanos al Sena o de Versailles en plena primavera, se nos dijo que llegaron a Europa desde Persia en tiempos del Sha Abbas I de la dinastía Safavida en manos de un embajador y que desde muchos siglos antes fue el tulipán símbolo de la nobleza real de los persas y los medos. Pero es justo decir que más allá de las flores del mercado, Teherán todo es una especie de gran jardín. Canteros llenos de flores, permanentemente regados por el agua que baja de la montaña o por sistemas de riego automáticos o manuales, y algo muy importante: cuidados y respetados por toda la gente. Nadie osa cortar una flor ni tirar basura sobre ellas.
El juego y la seducción de la compra y de la venta
Y entonces uno observa a las mujeres iraníes, expertas compradoras, discutir con los vendedores, imaginamos que es sobre el precio o la calidad, porque no entendemos una sola palabra de lo que dicen. Pero hablan sus gestos y estos sí los entendemos porque son un lenguaje universal. Y después de la larga discusión, a veces en tono amable pero otras no tanto, el negocio se cierra. La señora se lleva la prenda o el objeto elegido. Nos faltaba un detalle. En la mayoría de los casos, junto a ellas, están los maridos, silenciosos, ellos no opinan ni toman parte en el negocio. Eso sí, al finalizar, casi siempre, son los que aportan los «riales» para pagar la compra realizada.
Es difícil que un negocio fracase en estos mercados. El iraní es un buen vendedor, sabe cómo crearle al posible cliente el interés por su oferta. Hacer un negocio es casi una tarea de seducción entre las dos partes. Un juego increíble que generalmente termina sin vencedores ni vencidos, en un honroso empate.
El Bazar Teherán está abierto todos los días. Apenas disminuye en algo su actividad los viernes, día de oración. Pero cuando el visitante llega y comienza a mimetizarse entre la gente, a engolosinarse con sus sabores y a contagiarse de sus aromas, recien allí se produce verdaderamente el milagro. Y nos parece encontrarnos en el medio de algunas de aquellas historias de las fabulosas «Mil y una Noches», en nuestra cada vez más lejana niñez. Si alguna vez tiene el lector oportunidad de visitar Irán no puede dejar de vivir esta experiencia.
Visitar un Bazar Persa, lleno de vida, de color de sabores y principalmente de gente, una gente que, entre otras cosas, tiene un notable sentido del humor y de la hospitalidad. *
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