Pavlov y la rana
La ciencia ha comprobado que las llamadas leyes naturales, que son básicamente generalizaciones, sirven para hacer predicciones sobre una sociedad pero no ayudan a predecir lo que Juan o Pedro harán en determinada circunstancia.
Bueno, ahora habrá que revisar esa comprobación.
Porque es absolutamente previsible lo que harán los dirigentes del transporte de Montevideo cada vez que, a bordo de un ómnibus, ocurra un hecho grave: paro general automático, dejando a miles de usuarios puteando en las paradas.
Una precisión: cuando digo hecho grave quiero decir un asalto cruento, un incidente entre pasajeros, entre uno de ellos y el conductor o el guarda, entre los propios trabajadores y hasta un crimen pasional poco común. El problema es que el paro se decide antes de saber con exactitud qué pasó. Parece que se disparase solo.
Esto es tan inexorable que me conmueve la inocencia de quienes se siguen calentando cada vez que los dejan amontonados por la ciudad. Su pataleo es tan digno como inocuo.
La solución es otra. Estos dirigentes deben comprender que parecen ratones del laboratorio de Pavlov, que murió hace años y ya no necesita ratificar su teoría de los reflejos condicionados. Despierten, muchachos, y al menos usen unos minutos, aun cuando hayan oído de algo dramático, para precisar qué pasó, para razonar acerca de ello y para adoptar recién después medidas justas y útiles a las que tienen derecho. Si lo hacen, controlarán sus emociones y evitarán el perjuicio que causan a aquellos que nada tienen que ver con lo que ha ocurrido.
Patrick Wall demostró que la rana tiene mecánicamente muy buena vista, pero su sistema nervioso selecciona sólo lo que está en movimiento. Si mira el agua y hay una mojarrita nadando, la rana la ve mientras la mojarrita se mueve; si se queda quieta desaparece del mundo de la rana.
Una forma limitada de ver. O de no ver.
Che, qué feo que ustedes hagan como la rana. Miren que la mojarrita, aunque a veces se quede quieta, está. *
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