¿Hay una conjura opositora para desestabilizar al gobierno?

La embestida baguala mediática

Creo que el doctor Vázquez tiene –como cualquier hijo de vecino– todo el derecho del mundo de expresar su opinión sobre el tópico que sea. No me parece que por su investidura esté inhabilitado de emitir su punto de vista sobre el papel de los medios de comunicación (en el caso, su convicción de que algunos de ellos practican una oposición sistemática a su gobierno), e incluso me parece que nada le prohíbe pedirles que proclamen su fe opositora o que asuman que están haciendo oposición.

Reitero: no me parece mal; empero… ¡qué al pedo!

En primer lugar, se trata de un descubrimiento parangonable al de la pólvora. ¿O alguien en este país ignora que los medios mencionados responden a intereses opuestos a los de la izquierda? ¿Es realmente necesario que dichos medios reconozcan públicamente su condición de voceros de las clases conservadoras? ¿Los uruguayos son tan tontos que precisan que se les avise cuándo se está informando y cuándo se está opinando?

Me sorprende que el doctor Vázquez haya olvidado hechos tan significativos como el triunfo del No en el plebiscito del ochenta, cuando salvo contadísimas excepciones toda la prensa estuvo a favor del Sí y la propaganda por esa opción fue abrumadora. Y si nos acercamos en el tiempo, esos medios fustigados por el presidente operaron abiertamente contra los referendos auspiciados por la izquierda y sin embargo no lograron hacerlos fracasar; y el propio triunfo electoral de octubre de 2004, ¿se logró teniendo a esos medios a nuestro favor o se conquistó el gobierno a pesar de su prédica contraria a las fuerzas progresistas?

Por otra parte, y sin desconocer que los medios mencionados responden a ciertos intereses que no son los nuestros, no me parece que su postura y accionar pueda equipararse a los de la prensa venezolana, esa sí abiertamente dispuesta a desestabilizar al gobierno de Chávez y aliada a los enemigos del pueblo y del gobierno popular. Se puede disentir del criterio a la hora de jerarquizar la información, pero no se puede sostener que, sistemáticamente, esos medios tergiversen las noticias, oculten las buenas o inventen las malas.

Las desavenencias en el seno de la fuerza política gobernante, las contradicciones, las ambigüedades, los cuestionamientos de las gremiales empresariales (y de la central obrera), la inseguridad, todo eso forma parte de la realidad aunque no nos guste.

En definitiva, me parece una postura casi pueril la de pretender que los medios dediquen más espacio a informar sobre los hechos positivos. Cada cual lo hace a su manera en un régimen democrático, según su leal saber y entender o según su conveniencia política. ¿O vamos a pretender que los adversarios no jueguen?

Amigo Tabaré: no debemos olvidar que, inevitablemente, todos los medios opinan al informar y que es vano esperar una información objetiva, aséptica e incontaminada de ideología.

Al respecto, no puedo resistir la tentación de transcribir parte del libro de Horacio Verbistsky Un mundo sin periodistas:

«Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa, el resto es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por tanto, molestar. Tiene fuentes pero no amigos. Lo que los periodistas pueden ejercer –y, a través de ellos, la sociedad– es el mero derecho al pataleo, lo más equitativa y documentadamente posible. Criticar todo y a todos. Echar sal en la herida y guijarros en los zapatos. Ver y decir el lado malo de cada cosa, que del bueno se encarga la oficina de prensa, de la neutralidad los suizos, del justo medio los filósofos y de la justicia los jueces. Y si no se encargan, ¿qué culpa tiene el periodismo?».

Clarito, ¿verdad?

Teniendo en cuenta todo lo dicho hasta ahora, me pregunto a qué puede obedecer la diatriba presidencial contra algunos medios, y confieso que no encuentro respuesta. En realidad, sospecho que nadie la tiene.

Pero como yo no soy opositor, voy a aportar mi granito de arena para ayudar al gobierno en esta batalla contra la conspiración mediática. Para ello, propongo a la oficina de prensa del Edificio Libertad que ordene a los canales y radios la emisión diaria en horario central –y a los medios escritos la publicación destacada– de noticias positivas, estimulantes, ejemplarizantes. Y sugiero que se tome como modelo aquel programa de los años cincuenta, auspiciado por una célebre azucarera, en el que se destacaban hechos loables que nos permitían mantener el optimismo bien en alto: «Las buenas noticias Rausa». *

(*) Periodista

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