Fracaso total
Si le preguntamos a economistas y catedráticos de las universidades de Cambridge y Oxford, en Inglaterra, y a magnates financieros internacionales en la City de Londres, sobre el porque de la caída estrepitosa de Uruguay entre 1950 y 2000, la respuesta sería clara y cristalina.
Lo que para muchos uruguayos todavía es una incógnita, para el resto del mundo, se cae de maduro. Hace tiempo que ya no es una interrogante. Es un hecho.
Si alguien le preguntara a Enrique Santos Discépolo porqué escribió «el mundo fue y será una porquería», el compositor nos miraría con desdeño y diría, «Si ya no lo sabés, no te lo voy a explicar. Porque nunca lo entenderías». Pero eso es tango. La política es distinta: en ella hay que repetir para recordar.
La política económica y social uruguaya desde 1950 a 2000 fue un fracaso total y la culpa la tuvo la cúpula gobernante de ese período. Esta es la conclusión módicamente aceptada a nivel académico internacional. Es cierto que hay factores mitigantes como los hay siempre. La caída del precio de la carne, el fin de las guerras mundiales, el nuevo orden político internacional, la corrupción endémica, la insurgencia interna y mil razones más.
Pero una dirigencia política está en el poder, justamente, para sortear esos problemas y conducir los países a buen puerto. El fracaso económico de Uruguay está indicando una realidad de mala conducción. Aunque hubieron algunos logros, como por ejemplo, la erradicación final de la inflación, que en los años sesenta era considerada un flagelo inevitable.
Hay pocos casos en el mundo donde un sector dirigente haya administrado un país durante un decaimiento tan constante y tan largo. Como resultó todo, condujeron al país a las rocas y nuestra nación quedó hecha un naufragio.
Para saber cómo se desparramó el naufragio bastan leer algunas páginas del libro «Guía de la nostalgia uruguaya» de Miguel Livichich. Allí aparecen los nombres de lo que una vez fue el Uruguay económicamente caudaloso.
Claro que no fueron los únicos culpables. La izquierda política de la época no supo ofrecer alternativas viables para sacar de los fundillos a quienes estaban mal administrando la cosa pública. La poderosa clase media uruguaya, ni corta ni perezosa, no aceptó los conceptos extremistas de la época y optó por votar siempre a los partidos tradicionales. Era la forma de asegurarse una caída paulatina del estándar de vida, en lugar de precipitada. La dictadura militar fue el último vano intento de mantener el status quo.
El resultado es un país venido a menos con enormes desventajas competitivas frente a otros del mismo tamaño y con las misma riqueza natural, como Australia, por ejemplo. La peor caída, y que llevará años mejorar, es la patada al obol de decenas de miles de buenos trabajadores. A los cantegriles fueron no solo ellos, sino sus hijos.
Hace unos días el Banco Mundial mismo dio marcha atrás en el tema. Es fundamental que Uruguay saque de la miseria a sus propios ciudadanos y les dé un trabajo digno, no solo por razones sociales, sino económicas. Cualquier despegue nacional necesitará una población activa con potencial educativo adecuado para explotarla. El profesionalismo de la clase trabajadora y oficinista será fundamental para sacar al país entero de la miseria económica y cultural en la que se encuentra.
La izquierda de hoy no puede ser la misma que hace veinte años porque el mundo ya no es el mismo. No debe tener ilusiones de que sin capacidad para atraer capitales y pelarnos las nalgas trabajando, alguien va a dar un peso por nosotros.
El gobierno uruguayo tendrá, desde ahora en adelante, que transitar un complicado camino, que es buscar darle incentivos a inversionistas internacionales, al mismo tiempo que mantener lo mejor de su filosofía social. Igualmente, deberá proteger al empresariado local que también es una importante fuente de trabajo y de exportación. Pero la gran diferencia ahora es que las clases trabajadoras y desposeídas tienen voz y voto. Aunque los problemas y las soluciones sean parecidas a las de antes.
Uruguay debe aprovechar el grado de conciencia social dentro de los inversionistas y las empresas nacionales e internacionales modernas. La explotación es también una mala palabra entre los consumidores europeos y americanos. El capitalismo tampoco es el mismo que hace veinte años.
La conservación de la naturaleza, la toma de conciencia sobre el inminente calentamiento global, la ética de la no explotación humana, son ahora las nuevas fronteras mundiales. Uruguay tiene que probar que como país está plenamente alineado con la nueva moral internacional, pero que también está bien plantado para fomentar y apoyar inversiones extranjeras. Todas las que sean necesarias, de acuerdo con una política social realista.
El excesivo estatismo que propició la corrupción política y alimentó al militarismo, son una cosa del pasado. Uruguay es hoy una sociedad democrática, respetuosa de las leyes, donde no hay nada que temer. Para inversionistas internacionales, esto son parámetros casi impagables. Lo bueno de este sistema, es que un gobierno de suceso también precisa de una oposición organizada y activa. El desarrollo es una cuestión de conjunto.
Terminamos la charla con los catedráticos universitarios y varias instituciones financieras de Londres. Las expresiones en sus rostros son claras: ¿hay, todavía, alguna duda de lo que pasó y pasa en Uruguay? Pensamos que no. *
(*) Corresponsal en Londres
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