En procura del tiempo perdido

A 33 años del comienzo del derrumbe

«Vinieron en bandada, lo rodearon gritando alegres, y lo sacaron de su ensimismamiento.

-Abuelo, abuelo, están hablando de ti en el informativo, por algo muy ruidoso que hiciste cuando eras joven. ¿Por qué nunca contaste nada? Seguramente fue alguna picardía.

El viejo, de pronto cayó en cuenta que era el 27 de junio, aniversario de la instalación de la última dictadura del pasado siglo. Y que habían transcurrido más de dos decenios desde el fin de la Década Infame. Arrugó el entrecejo y con premeditada lentitud fue mirando con fijeza dentro de las pupilas de cada nieto. Los adolescentes iban callando a medida que el abuelo los iba recorriendo. Nunca había sucedido antes. El abuelo imperceptiblemente comenzó a transfigurarse. Primero las manos. Se volvieron puños. Luego el rostro. Arrugado, de eterna y cómplice sonrisa, súbitamente se volvió rígido, los labios hechos una línea, las mandíbulas tan apretadas que llevaban el mentón hacia arriba. Pero lo que más impresionó a los jóvenes fueron los ojos. Debajo de las pobladas cejas, los ojos del abuelo vomitaban odio. Miraron al cielo como buscando la respuesta no encontrada. Le habló a algo o a alguien. La voz era muy ronca, casi tartamudeante: -Hijos de puta, no merecen perdón de Dios.

-Abuelo, abuelo ¿estás bien?

La voz de la nieta lo regresó del pasado, la mirada se dulcificó, sintió que el cuerpo se distendía. Esperó unos instantes a que el rencor se alejara y así fue como empezó el esperado relato…»  (Fragmento del cuento»El Abuelo» del libro «EL VIEJO GUNTER»)

Mucho se ha dicho y escrito sobre los sucesos del 27 de junio y no vale la pena recorrer caminos trillados. Lo que sí se debe recordar es que el alzamiento militar de 1973, que no nació por generación espontánea, señala

un cambio cualitativo en la modalidad de asumir y encarar el desplome que comenzó en el lejano 1955. Agotado el ciclo neobatllista del «industrialismo por sustitución», que permitió un crecimiento sostenido del 9%, se pasó durante dos gobiernos blancos, y de la mano del contador Azzini, al primer intento de liberalizar la economía. Los números del Instituto de Economía son concluyentes. El crecimiento industrial (por lejos el mayor proveedor de trabajo) cae a un escaso 1%. A todo esto hay que agregar una creciente incapacidad de los sectores industrial y agrarios para absorber una mano

de obra desocupada cada vez más numerosa, que durante un tiempo fue reclutada e instalada en cargos públicos. Cuando al Estado Complaciente se le acabaron los cupos arrancó la crisis, con todos sus ingredientes. Inflación. Fuga de capitales. Endeudamiento condicionado al cumplimiento de políticas recesivas. Insatisfacción y desilusión colectivas. Guerrilla urbana y emigración, mucha emigración.

Con Pacheco Areco (1968) comenzó el autoritarismo mediante la aplicación del Estado de Sitio (que en Uruguay se llama «Medidas Prontas de Seguridad) como modalidad permanente de gobierno, dado que el Parlamento en plena atonía institucional, por cobardía, irresponsabilidad o inacción, avalaba al señor Pacheco que en pleno desborde censuró y cerró la prensa no adicta, prohibió partidos políticos, clausuró sindicatos y permitió, por acción u omisión el funcionamiento de «Escuadrones» de triste memoria.

El fallido intento de reelegir a Pacheco lleva a la presidencia al estanciero Juan María Bordaberry, un católico regresivo y ultramontano.

Pero, el golpe de Estado era inminente. Porque ya había habido una intentona fallida a finales de 1966, cuando el general Seregni se apersonó al general Aguerrondo (padre), creador de la logia Tenientes de Artigas e ideólogo de la ruptura constitucional, advirtiéndole que impediría por la fuerza cualquier salida contra la legalidad. Los golpistas esperaron pacientemente siete años y ahora eran dueños del poder. Ironías de la historia. Los golpistas, que tenían como prioridad uno traer de regreso a Pacheco Areco por considerarlo responsable de corrupción a todos los niveles, terminaron por pactar con el ex mandatario, que pasó a convertirse durante 15 años en embajador itinerante de la dictadura. Bordaberry hizo un patético llamado a detener a los golpistas, desde los balcones del palacio Estévez, ante unos 50 curiosos.

La rebelión, que comenzaba por el ejército, con el desganado apoyo de la Fuerza Aérea, recibió el repudio de la Armada. Los marinos  con la excepción de una treintena- rodearon a su comandante el almirante Zorrilla, e hicieron de la Ciudad Vieja una «ciudad libre». Bordaberry, como sabemos, no aceptó levantar la bandera de la legalidad en la Ciudad Libre. Se alió con los golpistas. Estaba en su naturaleza. Sus arquetipos eran Franco y Pinochet. Ahí comenzó un raro interregno que duró hasta el 27 de junio, cuando el aséptico parlamento fue cerrado por los generales Cristi -fallecido- y Alvarez, hoy aquejado de amnesia.

En el ínterin, Zorrilla y su entorno fueron destituidos. El Comando fue ocupado por el almirante González Ybargoyen, un católico ultraconservador, cuñado del muy arribista coronel y abogado Néstor Bolentini, que fungía de eminencia gris. Para el folclórico almirante Hugo Márquez se creó el cargo de Comandante de la Flota.

Así comenzó la larga noche. Todo fue posible para los uniformados y su genuflexo coro civil. Se asesinó. Se robó. Se extorsionó. Se traficó con recién nacidos mientras se asesinaba y se hacían desaparecer a los padres.

Y se mintió y se sigue mintiendo.

En verdad el 27 de junio debiera ser la fecha de conmemoración de la conversión del Uruguay, en una auténtica república bananera. Sin bananas. Que me perdone el señor Z por robarle el símil pero este cronista recuerda:

1. Que se abrió una embajada en Gabón para un coronel. 2. Que se envió a un obeso general a la creación por parte del régimen racista sudafricano de la seudorrepública de Transkei, acto repudiado por las NNUU. 3. Que se dispuso que Pluna volara a Curaçao, en las Indias Holandesas. 4. Que la lluvia de papel picado que caía sobre el automóvil descubierto que recorría 18 de Julio con Bordaberry y su invitado Pinochet, no se debía al entusiasmo de los montevideanos, sino que eran soldados que, violentando los apartamentos lo arrojaban de los balcones. 6. Que la economía estuvo en manos de los señores Végh Villegas y Arismendi, vocacionales amanuenses y hombres de confianza del general Alvarez, con quien crearon eso que se llamó «la tablita». Algo así como el bíblico milagro de los panes y de los peces. Pero al revés. Porque el país se fundió. Ellos no. Tienen una flotabilidad que pondría pálido de envidia al mismísimo Arquímedes.

Si me preguntaran qué siento en este 27 de junio contesto. Vergüenza y orgullo. Y por su orden:

Vergüenza ajena porque pasó lo que pasó. Vergüenza que se transforma en náuseas cuando ocurren sucesos tales como el de negar honores protocolares al difunto general Líber Seregni por parte de los comandantes en jefe del Ejército teniente general Pomoli y de la Armada, vicealmirante Daners. Náuseas por la actitud corporativa de los ex comandantes. Que además de llegar fuera de tiempo es incongruente. No se pueden asumir responsabilidades y refugiarse al mismo tiempo en el grupo.

Pero siento orgullo, en lo personal por el comandante Bonelli que supo situarse en las antípodas de sus camaradas de mar y tierra. Siento orgullo porque mi/tu/su/nuestro ejército, en Camboya, en el Congo, en la Antártida y en Haití, una y otra vez, muestra y demuestra al mundo que las FFAA con perfil muy bajo pueden hacer cosas muy altas. Y hacerlas
bien. En el aire, en el mar, en tierra. *

(*) Contraalmirante retirado

 

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