Mundial 2006

Futbolistas europeos "estiran la pata" mejor que otros

Los coaches de los países presentes en Alemania 2006 comentan que la estrategia más complicada de este mundial es cómo efectivizar una marcación adecuada sin incurrir en tarjetazos amarillos y rojos.

El problema radica, según los expertos, en que el fútbol mundialista es distinto a los campeonatos de cada país o continente. Una marcación considerada «severa» en Europa, es aplaudida por la afición local en Africa o Sudamérica, como demostración de entrega desinteresada al espectáculo.

En Africa, el ritmo de juego es vertiginoso y del tipo «fútbol total». La proeza física se premia con titularidad y hace que sus jugadores vayan «al hombre con pelota y todo» en cada encontronazo. Esto no es un síntoma de suciedad deportiva sino todo lo contrario: es una demostración de hombría y compromiso con la camiseta.

En Europa, el juego del viril deporte del fútbol ya no es tan viril. Lo que prevalece no es la entrega total sino la chequera total: el esfuerzo tiene un precio. La gota gorda tiene una plusvalía que hay que pagar.

El francés Henry, el inglés Beckham y el alemán Ballack, el italiano Totti y otros europeos mantienen actividades profesionales afuera de la cancha que son tan lucrativas como el fútbol mismo. Para empezar, los nombrados son modelos profesionales, que venden afeitadoras, coches y celulares por millones. Atrás de cada jugador hay una industria de agentes, representantes, empresas de publicidad, estudios jurídicos, contadores y, por supuesto, mujeres, muchas mujeres.

En el caso de la escuadra inglesa, las esposas, amantes y novias de los más famosos, salieron de compras en Baden Baden para matar el tiempo. Entre cinco o seis solamente adquirieron más de 90.000 dólares en prendas de vestir y regalos, en un par de horas. Cambio chico para un grupo de jugadores que ganan un salario mínimo combinado de más de un millón de dólares por semana.

Pero no nos confundamos. El fútbol sigue siendo para ellos muy importante. Más bien porque es una forma de garantizarse horas pico en TV, que es donde empieza toda la calecita de los medios y la fama. Pero nada de romperse una pierna o sufrir una conmoción cerebral. La consecuente pérdida en contratos publicitarios alcanzaría la friolera de varios millones de dólares. No vale la pena.

A la persona jurídica del futbolista europeo, autóctono o no, hay que protegerla de los meros mortales que no tienen nada que perder, como es el caso de algunos jugadores provenientes de países «chicos». Es por esto que el arte de la zambullida ha alcanzado altos niveles de sofisticación y uso. Lejos están aquellas aparatosas palomas que hicieron famoso a Jurgen Klinsmann, como mal actor.

Lo mejor del tema es que ya nadie se da cuenta si el futbolista está fingiendo o no. Para empezar, la experiencia actoral es mucho más profesional hoy porque, justamente, es la que vende productos en TV con gran talento. Es sospechoso entonces que los jugadores más exitosos en publicidad sean también los que mejor convencen al referí de que fueron objeto de una grave injusticia.

El truco de «estirar la pata» viene siendo utilizado exitosamente en Alemania 2006 y pocos se han percatado. La idea consiste en endurecer repentinamente la pierna izquierda o derecha, según el caso, y provocar contacto con el adversario.

Ni siquiera expertos opinólogos europeos con el recurso tecnológico de repetidas tomas en cámara lenta desde varios ángulos, pueden determinar a ciencia cierta si el futbolista «estiró la pata» o fue víctima real de una zancadilla alevosa.

Puede haber una forma de determinar la diferencia. Cuanto más se contonea, grita y revuelca por el pasto un jugador damnificado, menos es la chance de que fue víctima real de un foul. En contrapartida, si el jugador no reacciona y se queda hipnotizado mirando la fractura expuesta de su peroné, entonces es muy probable que la falta se haya cometido. Exactamente lo opuesto está ocurriendo en este mundial.

El caso más claro fue el pasado fin de semana cuando un australiano le bajó la plancha a Ronaldo. Como el brasilero quedó congelado sin decir palabra, el juez ni se molestó en sacarle amarilla al antípoda. Pero la cámara mostró unos instantes más tarde el resultado de la jugada en primer plano: la marca de los tapones, si no los tapones mismos, en la canilla de Ronaldo.

Por el contrario, cuando el portugués Luis Figo entró en forma exploratoria a una remota región del área de Irán, sin la menor posibilidad de traer peligro de gol, pero con obvias chances de una infracción fingida, el inteligente madridista esperó a la marcación un tanto ingenua del iraní y en el momento preciso «estiró la pata». Con la pierna tiesa se hizo una autozancadilla y la tribuna gritó con las manos en el cielo. Penal y a otra casa. Irán no se recuperó del 2-0 y Portugal se aseguró la clasificación. El marcador iraní tuvo suerte de no salir expulsado.

Pero todo lo anterior es mera anécdota para el público y así debe ser durante los 90 minutos de cada contienda. Lo importante es identificarse con una camiseta corriendo desesperada en la cancha, peleando la pelota como si fuese una gallina degollada en los viejos tiempos.

El baile de estrellas, sufrimiento y goles es pasión de miles de millones. Los futbolistas, ricos y pobres, son los nuevos gladiadores. El fútbol reina supremo. Si no podés vencerlo, unite, gil. *

(*) Periodista, corresponsal en Londres.

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