Crece el número de millonarios
Tal vez sea porque me estoy volviendo viejo y caigo en esa cosa tan común de ver el pasado color oro, que me aburro mirando los partidos del Mundial de Fútbol. «Antes sí que se jugaba bien al fóbal», solía decirme mi abuelito, uno de los «millones» de espectadores que habían tenido la dicha de ver el famoso gol de Scarone. A mí me pasa que me siento frente al televisor y me da la sensación de que en el fútbol, como en tantas otras cosas, ya se ha inventado todo: no hay sorpresas, no hay estrellas desequilibrantes, no hay tácticas novedosas, no hay emoción; ya no quedan Obdulios, Schiaffinos, Pelés ni Maradonas. Después de ver alguno de estos partidos, habría que concluir definiendo el fútbol como un juego cuyo único objeto es evitar que el adversario introduzca la pelota en nuestro arco; tratar de meterla en el arco contrario es secundario.
En definitiva, un campeonato mediocre.
Lo que para nada puede calificarse de mediocre es la danza de millones que se desarrolla alrededor del campeonato. Como todo espectáculo de masas, el fútbol tiene la maravillosa virtud de producir dividendos suculentos que, como en toda otra actividad económica, se reparten inequitativamente. Basta recordar las cifras astronómicas que ganan contratistas, dirigentes, técnicos y jugadores, para concluir que se trata de un negocio redondo en el que el dinero se multiplica como por arte de magia y va a parar a unos pocos bolsillos.
Quiero aclarar que no estoy en contra de que los futbolistas se ganen la vida con su destreza y su despliegue físico, del mismo modo que me parece muy bien que un artista (plástico, escritor o músico) pueda vivir de su arte, algo bastante infrecuente por estos lares. Lo que me parece francamente una grosería es que un futbolista o un actor pueda amasar una fortuna tan descomunal que le permita, por ejemplo, adquirir una vivienda que cuesta 13 millones de dólares.
Supongo que los cantantes de éxito internacional, los actores de Hollywood y los futbolistas que juegan en Europa deben de estar contabilizados en ese selectísimo sector de casi nueve millones de personas en todo el mundo que están catalogadas como millonarios. Leo un cable de AFP proveniente de Nueva York de hace un par de días y me entero de que «el número de millonarios en el mundo se elevó a 8,7 millones de personas el año pasado». Se trata de «individuos de alto valor neto en el mundo, definidos como aquellos que poseen bienes por un millón de dólares, excluida su primera vivienda». Pero hay más datos y cifras significativas: «Los activos de la riqueza, por su parte, se incrementaron en 8,5% y llegaron a 33,3 billones de dólares, de acuerdo con el estudio». Sí, leyó bien: las fortunas de esos bacanes suman treinta y tres millones de millones de dólares; casi nada, ¿no? Pero aparte de esos ricachos –aunque en número mucho más reducido–, están los multimillonarios, es decir aquellos cuya fortuna inidvidual supera la barrera de los treinta palos verdes; éstos aumentaron en 10,2% y llegan a ser unos 85 mil individuos.
Como se advierte, el sistema capitalista goza de buena salud. A pesar de los cracs bursátiles, de las depresiones y de las recesiones, a pesar de las crisis cíclicas (¿o precisamente gracias a ellas?), el capitalismo (salvaje o doméstico) continúa su avance avasallante y demuestra su capacidad de crecer, de aumentar la riqueza y el número de ricos.
Claro que nunca falta un aguafiestas que venga a recordarnos que los hombres y mujeres pobres –que viven (es un decir) con menos de dos dólares por día– suman unos cuantos más que los ricos. De nueve millones de ricos a casi mil millones y medio de pobres, la proporción resulta un tanto escandalosa. Pero no permitamos, amigo lector, que vengan a tirarnos con pálidas y mantengamos el optimismo. Y sobre todo, tengamos presente que siempre debemos perseguir el éxito y proponernos como meta triunfar en la vida para llegar a formar parte de ese club exclusivo de los millonarios.
Ahora, hablando en serio, lo que me preocupa es que nadie se alarme por el crecimiento de la fortuna de los millonarios y el aumento del número de ricos; a nadie le parece mal que haya individuos cuyo patrimonio supera el millón de dólares; al contrario, lo ven como un logro y el fruto de un esfuerzo personal digno de ser puesto como ejemplo. Pero claro, ¿cómo les va a parecer mal si el valor supremo en la escala de la moral capitalista es el dinero y la acumulación de riqueza? Y si para lograr ese bien superior, ese fin último, todos los medios son válidos, el hecho de que haya miles de millones de pobres es algo menor, un fenómeno del que los millonarios no tienen la culpa.
Piénsese que de todos los medios conocidos para acceder a la riqueza, sólo están proscriptos y son condenables los que eligen los marginales, como por ejemplo, asaltar un banco a mano armada. Todos los otros medios de obtener dinero y de incrementar la riqueza son bienvenidos: la lucha despiadada por los mercados, la competencia feroz, la apropiación de la plusvalía generada por los asalariados, la alienación del consumidor.
Y bueno, son las reglas de juego. El que no las cumpla, que se joda: no podrá aspirar a ser millonario. *
(*) Periodista
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