El control
Umberto Eco concluyó, en «Se busca el rostro del poder» que «debemos recomenzar por el principio e interrogarnos sobre lo que ocurre». Fue una alusión al exceso de información y a la forma cómo se desparrama sobre la sociedad.
Sin embargo, al menos aquí aún hay información que no circula con fluidez y que es sustancial a la comprensión de los actos del Estado, al que administran los gobiernos. Para resolver la omisión fue presentado por senadores del Frente Amplio un proyecto de libre acceso a la información pública, con recurso de amparo incluido.
De aprobarse, todo ciudadano podrá pedir a cualquier oficina del Estado la información que considere útil saber. No hay, al menos en teoría, mejor herramienta de control democrático de actos de gobierno.
Ah, pero no basta. Si la mayoría de los ciudadanos carece de capacidad de análisis crítico dejará la interpretación, como hasta hoy, en manos de los medios y en particular, de la televisión. Por aquello tan perversamente cierto de que «lo que no sale en la tele no existe».
¿Una simplificación? Tal vez. No obstante, advierto que la herramienta a punto de caer en manos de la ciudadanía puede usarse en dos niveles: uno, sencillo, para acceder a una información común, vinculada a actos administrativos corrientes; y otro, complejo, para acceder a información sobre decisiones con repercusión política y moral, más difícil de interpretar por la mayoría. Y es ahí donde entra la prensa como mediadora. Y donde aparece el riesgo de que no cumpla tal función con la ética y la responsabilidad social indispensables.
Hay que dar la herramienta a la ciudadanía, claro. Y hay que mejorar la formación de los ciudadanos para que, cada día, sean más capaces de crear en libertad, y con la información a la vista, su propio juicio crítico. Y para que un diálogo como éste sea imaginario:
-Se me hace que con esto nos caga el gobierno.
-No estoy tan seguro ¿sabe?
-¡Pero lo tengo aquí! ¿Se da cuenta?
-Sí, pero yo voy a ver qué dice Puglia. *
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