Prohibido para nostálgicos

Tita y Parraviccini

En el viejo Tupí Nambá de la plaza no se hablaba de otra cosa. Es que la temporada teatral de esa primavera estaba para «alquilar balcones», al decir de un parroquiano mientras degustaba un rico café. Sólo bastaba cruzar la Plaza Independencia, bajar por Andes y hacer cola frente a unas boleterías llenas de entusiasmados montevideanos. No era para menos, ahí nomás, bien cerquita, en Andes y Mercedes el Teatro Urquiza presentaba dos brillantes espectáculos. Y el público agradecido porque ese final del año ’28 nos había traído a dos porteñísimas estrellas. El calor apretaba pero todos sin dejar de lado la obligatoria corbata, moñita o corbatín y las damas sus vaporosos vestidos, ahí estaban esperando que el púrpura telón del Urquiza se abriera lentamente. Entre aplausos y hurras aparecía el gran capo cómico argentino Casaux. Acompañado de un pequeño grupo de actores que lo secundaban estaba presentando una de sus desopilantes comedias de enredos. En la platea se confundían políticos, personajes de alcurnia y también sencillos vecinos porque el actor Casaux era admirado por todas las clases sociales. Los precios accesibles y el poder de convocatoria de esa luminaria hacían aparecer todas las noches el cartelito «No hay más localidades». A los pocos días de terminar ese ciclo, sin darnos respiro, ya en pleno diciembre aparecía otro actor argentino muy popular. Se trataba de Parraviccini que también desde el linajudo Urquiza traía a Montevideo su genial arte cómico. Todos lo conocían por sus actuaciones en las películas de Gardel al lado del querido Tito Lusiardo con quien Parraviccini también se presentaba en los pequeños escenarios de Boedo. Esta vez había llegado solo y presentaba una serie de «cuadros» muy jocosos que hoy llamaríamos «unipersonales». Había de todo, desde crítica costumbrista pasando por la creación de personajes desopilantes como el típico burrero timbero o el mentiroso «muchacho rana» que nos contaba sus fantasiosos amoríos con bellas mujeres. Y al final en los obligatorios «bises» aparecían las anécdotas sobre sus viajes con Gardel. Fue Parraviccini un adelantado en el teatro rioplatense al llenar las salas con su sola presencia haciendo una galería de graciosos y muy distintos personajes. Pero, sin no conseguías entradas en el Urquiza, menos ibas a conseguir en el Teatro 18 de Julio. Es que en sus tablas se presentaba lo mejor de la varieté. Entre los artistas que habían llegado se destacaba una chica de enormes ojos negros que era llamada por la revista Cancionera «la Morocha Argentina». Se trataba de Tita Merello acompañada por la orquesta típica del maestro Scatasso. Al terminar sus tangos subía a escena un chansonier del Casino de París llamado Pierre Chovel que también era estrella del Maipo. Las luces del Centro brillaron como nunca por esos años. Teatro, comedias y canciones con luminarias como Casaux, Parraviccini y Tita Merello, leyendas que nos iluminaron en aquel Montevideo de antaño. Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE. *

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