Deudas
Qué tema el endeudamiento. No le hallaba la vuelta y me iluminó Celedonio Flores: «Si va a sentenciarme por las leyes,/ aquí estoy para aguantarme la sentencia,/ ¡pero cuando oiga maldecir a su vieja/ es fácil, señor juez, que se arrepienta!».
Y sí, van a sentenciar a más de uno. Y sí, van a putear a más de uno.
Pero hay deudas y deudas. Están, por ejemplo, las de familias hoy incuestionablemente empobrecidas que habitan viejos complejos del Hipotecario y que, pese a haber pagado dos y tres veces su valor real, morirán deudoras o en la calle si no se hace algo al respecto.
Al final del gobierno de Batlle, entre el Ministerio de Vivienda y el Hipotecario idearon un registro de deudores especiales –aquellas familias que comprobasen su total o parcial incapacidad de pago– con la finalidad de darles una salida: disminución de la cuota, reducción sustancial de la deuda para su cancelación y, en casos extremos, la exención. Se anotaron decenas de miles de interesados (más bien desesperados). Trajeron documentación, declararon bajo juramento y se fueron a esperar.
A lo sumo, se resolvieron unos pocos cientos de casos.
Con la asunción del nuevo gobierno, borrón y cuenta nueva. Está bien: aquella había sido una medida apresurada y electoralista. Cuando el hombre de los pucheritos vio cómo venía la cosa dejó los papeles por el camino.
Sin embargo, si se ajusta y regula, es una idea plausible. Disminuiría la presión económica sobre miles de familias y otras tantas podrían saldar sus cuentas y repechar un poco. Unica forma, además, de que el Hipotecario –o quien se haga cargo– cobre lo que realmente se puede cobrar a esta gente, si es que entendimos de quiénes estamos hablando.
De lo contrario se irá a un remate masivo con la indiferencia de aquel otro personaje de Celedonio que vendía fruta de descarte: «Aparece el dueño contento/ con la boca hace bocina/ y grita mientras camina/ ¡durazno a cuarenta el ciento!».
Y levantando la mano vacía quedarán pobres y desprotegidos. No otros. *
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