La cultura y el arte como bienes de consumo
Se agravia dicho lector fundamentalmente por mi afirmación de que el previsible éxito de taquilla de la película permitirá que «unos cuantos embolsen dólares a lo bobo, aunque esos cuantos se convierten en poquísimos comparados con los millones de papanatas dispuestos a pagar para ver la película».
Probablemente el lector es uno de quienes fueron a ver el filme en cuestión y se puso el sayo de papanata. Me veo, pues, en la obligación de ofrecer mis excusas a ese lector en particular –y a todos los lectores en general– y aclarar que me incluyo entre todos esos papanatas puesto que, aunque no fui ni pienso ir al cine a ver El Código Da Vinci, sí pienso alquilarla no bien esté disponible en deuvedé; y confieso sin rubor haber leído la novela hace un par de años. Por tanto, estoy dispuesto a aportar mi modesto granito de arena (otro más) al médano de guita de que disfrutarán Dan Brown, Ron Howard, el editor, el productor y los actores. Sí, ya sé: el negocio del cine y del espectáculo no se agota en las figuras mencionadas –las más notorias– sino que también da de comer y permite enriquecerse a unos cuantos intermediarios; no obstante, considero que los nombrados son quienes se llevan la parte del león.
Pero volviendo al asunto concreto de la novela en cuestión –y su versión cinematográfica–, lo que me proponía en aquella nota no era otra cosa que denunciar la banalización y la mercantilización del arte. O, dicho de otro modo, la capacidad de ofrecer un producto pseudo artístico (prefabricado para lograr con él un suculento beneficio económico, es decir concebido persiguiendo el afán de lucro al mismo título que podría hacerse con un nuevo modelo de refrigerador) como si fuera en realidad una obra de arte o una manifestación cultural relevante.
Dicho lo que antecede, por favor, que no se me malinterprete y se me catalogue de intelectual insoportable. Aclaro, antes que otro (o el mismo) iracundo lector pretenda zaherirme con sus dardos ponzoñosos, que me gustan las novelas policiales y que disfruto con los thrillers correctamente realizados. Después de una época en que me escondía para leer a Agatha Christie, me enteré de que Borges era cultor del género y que Onetti consumía asiduamente novelas policiales, descubrimiento que trajo paz y sosiego a mi alma atormentada por los sentimientos de culpa. Ahora puedo proclamarlo sin rubor: devoro novelas de James Hadley Chase, de Geroges Simenon y de Raymond Chandler; y me copo con películas de suspenso y de acción.
Creo que no es ningún pecado buscar algo entretenido para distraerse y escapar por lo menos por un rato de las rutinas y angustias de la vida cotidiana. Y me consta que tendríamos un mundo muy aburrido si estuviéramos limitados a consumir novelas de Joyce y de Proust o películas de Bergman y de Antonioni. Por tanto, estoy radicalmente en contra de que la profundidad de una obra de ficción vaya en desmedro de su amenidad; y me parece que Don Quijote es paradigmático en ese sentido.
Ahora bien, aclarado este asunto, tampoco es cuestión de elevar a la categoría de obra de arte cualquier producto menor. Ya bastante tenemos con ser víctimas del bombardeo constante a que nos someten los mercaderes y los fabricantes de bienes de consumo. Nacemos, vivimos y morimos abrumados por una civilización que nos exhorta a consumir irreflexivamente. Los mensajes provenientes de esa cultura del hiperconsumo alienante nos convencen de que debemos tener electrodomésticos de última generación, vestirnos según las pautas estéticas de las multinacionales de la moda, cambiar anualmente el modelo de automóvil o elegir determinado destino para nuestras vacaciones, entre otras cosas. Esa eficacísima persuasión clandestina que ejerce la publicidad nos lleva a convencernos de la necesidad de tener ciertos productos debidos a la tecnología al servicio de los mercaderes; no bien se inventa algún nuevo aparato de dudosa utilidad y ¡zas!, ya empiezan a convencernos de que lo necesitamos como el pan; y lo peor es que lo logran.
Pues bien, lo que pido es que tengamos suficiente criterio y espíritu crítico para rechazar que pretendan vendernos como obra de arte algo que no lo es, merced a los mismos sutiles recursos empleados para que nos decidamos a comprar un microondas.
Esa similitud de medios (válidos tanto para vender un lavarropas como una novela) crea confusión y las grandes masas se creen que están leyendo una gran obra maestra cuando en rigor se les ofrece una vulgar anécdota intrascendente, una peripecia trivial más o menos ingeniosa y entretenida.
Y ni que hablar cuando pasamos de la literatura al cine. Ahí sí que se acaba el discernimiento y la gente se queda pasmada con efectos especiales, con vertiginosas persecuciones automovilísticas, con explosiones, con psicópatas asesinos en serie. Y así nos creemos que la obtención de un premio Oscar es garantía suficiente para que una película mediocre sea considerada una joya cinematográfica.
¿Quedó claro? *
(*) Periodista
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